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ERIC HEBBORN: DRAWN TO TROUBLE

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AULLANDO

     “Es inevitable ponerse sentimental con los recuerdos de la infancia. Uno tiende a verse como una criaturita incomprendida, triste y digna de lástima. Y es verdad que, hasta un cierto punto, todos los niños son criaturas incomprendidas,  tristes  y dignas de lástima. Pero también son criaturitas egoístas, incivilizadas y crueles y de este aspecto de la niñez  apenas se habla, ni siquiera en la ficción. En las autobiografías se ignora completamente. De hecho, yo mismo me propongo ignorarlo”  E. M. Delafield, The Tragic Years

      Nací  el 20 de marzo de 1934 en el distrito  londinense de South Kensington, hijo de John Henry Hebborn (ayudante de tendero en aquel momento) y Rose Molly Marchant. Hebborn es un apellido del que estoy orgulloso: me gusta imaginar que es una corrupción de un apellido aristocrático escocés. También estoy orgulloso del apellido de soltera de mi madre, porque en el Dictionnaire des peintres, dessinateurs, sculpteurs et graveurs de Bénézit hay dos páginas enteras dedicadas a distinguidos artistas que llevaban el apellido Marchant o Marchand y me gusta pensar que alguno de ellos es antepasado mío. Podría investigarlo, pero qué decepción me llevaría si descubro que por mis venas no corre sangre azul ni corpúsculos creativos de artistas geniales. Da pocas satisfacciones ser el hijo de un ayudante de tendero, pero, al menos, South Kensington era un barrio de cierta categoria.

      Desgraciadamente, mis padres abandonaron pronto  aquel elegante distrito y se fueron a vivir en lo que era entonces una deprimente ciudad de Essex llamada Romford. No sé si alguna vez voy a perdonárselo. Y por si esto no fuera un golpe lo bastante duro a  mis pretensiones, tuvieron que elegir una zona de Romford, cerca de una plaza llamada el Rincón de la Horca. El horripilante poste y la viga, que habían dado nombre al lugar, ya no estaban, pero, aun así, el ambiente de tristeza persistía desde mis primeros recuerdos.

      Afortunadamente esta clase de recuerdos infantiles son pocos y fragmentarios. La mayoría los retengo sencillamente porque son inolvidables. Por ejemplo, ¿quién puede olvidar el día en que uno descubre por sí mismo que la melaza y la mostaza son en realidad rimas y que una cucharada de Mostaza Coleman puede parecerse a una cucharada de Melaza Bird, pero produce un efecto distinto en un esófago infantil? O ¿quién puede olvidar el descubrimiento de que, si uno se chupa el dedo y lo mete en un enchufe eléctrico, se produce una excitante sensación que sube por el brazo y te pone el pelo tieso?

      La familia Hebborn era relativamente numerosa: Los hermanos y hermanas que yo recuerdo se llamaban Keith, Rosemary, Audrey, Roy y Barbara. Mantener a una familia de clase trabajadora de ese tamaño con el sueldo de uno solo de sus miembros (que raramente trabajaba) era indudablemente muy difícil y mi madre debió de sufrir  grandes tensiones. Pero no se rompió. En lugar de eso, su valeroso carácter rompía a puñetazos, en violentos ataques de rabia, todo lo que se podía romper del ajuar casero y maldecía por extenso  sus ingrata prole, una prole que, sin embargo, mi padre y mi madre aprovechaban la menor oportunidad para incrementarla: Ken y David fueron las últimas adiciones. Mi madre era una mujer grande y daba muy buenos puñetazos. Quizás de ella heredé mi interés por el boxeo. Aunque puede ser también porque yo era su preferido: ninguno de mis hermanos o hermanas recibió la atención de ella que yo tuve.  En mi calidad de favorito, si quería dar un tirón de orejas, eran las mías las que elegía; si tenía que dar un cariñoso puntapié, mi trasero era el objetivo dilecto. Pero lo que más le gustaba de mí era la entrañable manera en que me encogía y arrugaba cuando me arrinconaba para una sesión de tirones de pelo y yo, con lágrimas en los ojos, emocionado por ese despliegue de cariño maternal, emitía unos aullidos deliciosos. Aunque yo aullaba por mí, la forma en que lo hacía daba gozo oirme y no hay niño que haya dado más inocente placer a sus padres que el que yo les di a los míos. Al final, mi madre se cansaba de nuestros alegres juegos y me decía que ya podía parar de aullar. De hecho insistía fácticamente en ello, diciendo que si no paraba inmediatamente, me iba a dar puñeteros motivos para seguir berreando.  Si esta oferta fallaba para secar mis lágrimas, entonces podía tomar otras medidas más drásticas y amenazaba con contarle a mi padre que había sido un niño muy malo (puede que usara otro lenguaje más contundente) y me recordaba que las consecuencias de tal medida eran una paliza a correazos (…)

      A pesar de ser una Marchant, creo que mi madre no tenía mucho interés por el arte. Y sin embargo, curiosamente, fue ella la primera persona que me instiló –y no de manera ambigua- lo importante que era atribuir la autoría de una obra de arte. El incidente se produjo por un dibujo que yo había hecho en el parvulario. Nos habían dado lápices y nos habían dejado dibujar en un papel lo que quisieramos y como quisiéramos. En mi opinión la mayoría de los niños habían hecho un desastre del dibujo y de su persona porque se habían presentado a si mísmos en una salvaje proliferación de soles con los pelos de punta, casas de muñecas y lechugas en forma de árboles, tan bastos de colorido como toscos de trazado. Eran el tipo de dibujos que les encantan a los padres idólatras y que muchos pintores modernos intentan imitar con desesperación porque se les ha pagado para hacerlo.

      Pero semejantes niñerías no satisfacían  a un descendiente de la dinastía artística de los Merchand, que tenía que mostrar al mundo otra personalidad muy diferente. Para sorpresa de mi maestro, empecé a copiar una lechuza disecada que formaba parte de nuestro escuálido mobiliario escolar. Quizás servía para enseñar historia natural o era un símbolo del conocimiento impartido en aquella cátedra del saber. Fuera lo que fuera, allí estaba, con sus ojos de cristal, sabia e inescrutable. Y allí estaba yo, a mis cinco años, haciendo mi primer ensayo con el lenguaje de las líneas.  Detesto imaginar el resultado de mis esfuerzos, pero una cosa sí puedo garantizar: No era ni delicioso ni encantador ni cualquiera de las cosas que se supone que son los dibujos infantiles. Pero para su autor fue entonces una maravilla y estoy seguro que mi satisfacción con “el estudio de una lechuza”  (cuyo paradero actual , gracias a Dios, es desconocido) fue mucho mayor que el de Miguel Angel al terminar la Capilla Sixtina. Así que corrí abrazado a mi obra de arte, ansioso por mostrársela a todo el mundo, excepto, por alguna razón, a mi madre, de la que había intentado ocultarla escondiéndola debajo del jersey.

      —¿Qué tienes ahí. Ya has robao algo ¿no?  Preguntó mi suspicaz progenitora al ver que yo estaba agarrandome el jersey para que no se cayera el dibujo. Sácalo.

      —No

      —Eso lo vamos a ver pronto, dijo, agarrándome del pescuezo, levantándome y dándome un buen meneo. Y, dicho y hecho, no pasó mucho tiempo y yo me llevé instintivamente las manos a la garganta y mi atesorado dibujo se deslizó al suelo. Mi madre cogio el “estudio de una lechuza”, lo escudriñó un momento y me preguntó con cierto asombro:

      —¿Qué leches es esto?

      —Lo que he hecho en la escuela, repliqué.

      Volvió a mirar de nuevo mi estudio. Seguramente pocas obras de arte han suscitado tal emoción en un pecho humano. Dudo incluso que el Balzac de Rodin, que, cuando se levantó la tela que lo cubria suscitó el grito de “la patrie en danger”,  podría haber provocado la ira que mi madre mostro al ver mi lechuza.

      A lo que ella realmente ponia objeciones era a la autoría. Como ocurrió después con muchos académicos y expertos de mucha más erudición que Rose Molly Merchant, no se molestó en explicar en que se basaba su juicio. En vez de esto, abandonó la objetividad a favor de una aproximación subjetiva. Ciertamente no creo exagerar si digo que perdió el control  y, en un paroxismo de rabia, grito:

      —Jodío mentiroso, tú no has dibujado esto tan bien hecho. Te voy a enseñar yo a que vengas aquí con tus puñeteros embustes. Esto es para empezar.

      “Esto” era lo que mi madre habría denominado un “hostión” (se pierde mucho en la traducción, pero la expresión puede definirse como un golpe dado con cierta violencia en la cabeza, a la altura de las orejas). Al golpe siguieron otros, pero no voy a contar uno tras otro cómo fueron. Baste saber que el animado encuentro terminó, como de costumbre, con su permiso para que dejara de aullar (…)

Eric Hebborn, autobiografía Drawn to trouble

***********

      Hay pintores, pintamonas, capones esteticistas y genios. Eric Hebborn fue un genio.

      Murio asesinado en Roma y su muerte llevó la tranquilidad a marchantes, académicos y casas reales que se habían enriquecido con sus falsificaciones. La vida que le tocó en suerte fue cruel y sus semejantes mezquinos. Cuando hayan desaparecido de la faz de la tierra sus difamadores y sus hijos y los hijos de sus hijos, habrá justicia histórica y se podrá admirar al  gran artista que fue.

      El fragmento que he traducido corresponde a su autobiografía Drawn to trouble (Dibujado para causar problemas), titulo que remeda el de la autobiografía de otro gran dibujante ingles, Sheppard, Drawn from memory (Dibujado desde el recuerdo)

Gerald Widemann

 Para más información:

*
IN MEMORIAM: TOMÁS HARRIS, ESPÍA, INGLÉS, PERISTA, TRAFICANTE, EXPOLIADOR DE OBRAS DE ARTE, COMPINCHE DE ANTHONY BLUNT Y TUTOR DE JUAN PUJOL, GARBO

15/12/2010 14:06. Editado por Gatopardo enlace permanente. GERALD WIDEMANN

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gravatar.comAutor: Carmen a Gatopardo

Un personaje interesante, y un humor poco frecuente para narrar una infancia dura. Un benefactor que aumentó considerablemente el número de obras de arte.
Ya sé que te gusta ser útil, y lo eres.

Fecha: 15/12/2010 15:55.


gravatar.comAutor: Gatopardo a Carmen

En esta ocasión, justo será traspasar la gratitud a Gerald Widemann, que forma parte del equipo, y desde los comienzos de Gatopardo ha sido nuestro mayor crítico y benefactor, y, como traductor, se ha tomado a pecho el hercúleo trabajo de desasnarnos: (véase sus artículos en el tema Gerald Widemann)

Saludos

Fecha: 16/12/2010 04:52.


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