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ROMANCE DEL INFANTE DON GARCÍA

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23 EL INFANTE DON GARCÍA

    a)

A cazar iba, a cazar,
    el infante don García
los perros lleva cansados
    de andar abajo y arriba,
no encontraba qué cazar,
    ni caza, ni cosa viva.
Arrimose a un duro tronco,
    al pie de una verde encina;
sueños estaba soñando,
    sueños que le parecían,
en la ramita más alta
    un águila le decía:
—Despierta, si estás dormido,
    el infante don García,
que en poder de moros va,
    que en poder de moros iba,
que en poder de moros va
    la tu esposa doña Elvira.—
Picó la espuela al caballo,
    para su casa camina.
Todo lo encontró cerrado,
    ventanas y celosías;
ha llamado siete veces,
    ninguna le respondían.
Fue al palacio de su madre,
    por ver qué razón daría.
—Buenos días, madre y señora.
    —Bienvenido, don García.
—Dígamelo, la mi madre,
    dígamelo, madre mía,
si ha pasado por aquí
    la cosa que más quería.
—Por aquí pasó tu esposa,
     tres horas antes del día,
vestida de raso verde,
     que una reina parecía,
con doscientos perros moros
    que lleva en su compañía;
con los unos bien cantaba,
    con los otros bien reía,
vihuela de oro en sus manos,
    ¡mi Dios, cómo la tañía!,
un romance iba diciendo:
    “Cornudo sea don García”.—
Vuelve la rienda al caballo:
    —Aquí verdad no la había,
que las suegras y las nueras
    ellas bien nunca se miran.
Iré a tocar a la puerta
    donde mi suegra vivía.—
—Dios la guarde, la mi madre.
     —Bienvenido, don García.
—Dígame, suegra y señora,
    dígame, suegra querida,
si ha pasado por aquí
    la mi esposa, vuestra hija.
—Sí, hijo, por aquí pasó
    antes de romper el día,
vestida de raso negro
    desde abajo hasta arriba,
con doscientos perros moros
    que lleva en su compañía;
de los unos renegaba,
    a los otros maldecía
anillos de las sus manos
    de tristura los rompía;
en altas voces diciendo:
    “¡Valme, valme, don García,
que si ahora no me vales,
    no me valdrás en tu vida!”.
¡En mal hora la pariera,
    en mal hora la paría!—
Llora el uno, llora el otro,
    los dos lloran en porfía.
—¡Calléis, mi suegra, calléis,
    la mi madre más querida,
que, si no han pasado el vado,
    para atrás la volvería!—
—Adelante, mi caballo,
    el de la silla dorida;
mucha cebada te he echado,
    mucha más yo te echaría,
si la pudiera alcanzar
    antes de entrar en Turquía,
que, si ella pasa el vado,
    nunca jamás la vería.—
Asomóse a una collada,
    de las más altas que había,
y desde allí se acordó
    de tocar la su bocina;
siete leguas en contorno
    por todas se oiría.
La dama, como es discreta,
    al punto la conocía:
—Descanso pido, señores,
    que yo vengo muy rendida.—
Se pusieron a almorzar
    al par de una fuente fría.
—‘Scanciador, que ‘scancias vino,
    ‘scancia con cortesía,
guárdale un trago de vino
    para aquel de la bocina.
—Dejo uno, dejo dos
    y cuatro, si se ofrecía,
no siendo primo o hermano
    o el marido de la niña,
que, si es el tu marido,
    la vida la trae perdida.
—No es mi padre ni mi hermano,
    marido yo no tenía;
yo siempre fui compasible
    del que anda a la montería.—
Estando en estas razones,
    ha llegado don García.
—Dios os guarde, buena gente,
    moros de la morería.
—¿A dónde va, el cristianillo,
    a dónde lleva la guía,
a dónde va el cristianillo
    sin ninguna compañía?
—Voy para tierra de moros,
    allá voy para Turquía.
—Deténgase, el cristianillo,
    ¿cómo no se detenía?,
pan y vino se ha guardado
    y nada le costaría.
—No me puedo detener,
    por cuanto en el mundo había,
quiero pasar esta tarde
    el río hondo de Hungría,
a llevar pliegos al rey
    y reina de morería.—
El río que hay que pasar
     a todos miedo metía;
cuando llegaron al río,
     los moros en la porfía:
quién la niña ha de pasar,
     quién la niña pasaría.
—Pásenosla, el caballero,
     que buen caballo traía
—Mi caballo tiene zuna,
    que jamás la perdería,
mujer que no tenga honra,
    sobre sí no consentía.
—Si la tenía en su tierra,
     aquí también la tenía,
que en reserva la llevamos
     al rey de la morería.—
Apeóse el caballero,
     en las ancas la ponía.
A la pasada del río
     lo tomaron a porfía
los moros y el caballero
     quién antes lo pasaría.
—Pasen, pasen, los morillos,
     que yo detrás pasaría;
mi caballo es muy nuevo
     y el vado no lo sabía,
donde hay tropa de caballos
     él el postrero iría.—
Pasa uno, pasan dos,
     pasan cuatro en cuadrilla.
Desque todos lo pasaron,
    el caballo revolvía:
—Vuelta, vuelta, mi caballo,
    que entramos en morería.
Quedáos con Dios, los moros,
    que la niña es muy mía.
Si queréis saber quién soy:
    el infante don García.—
Por los altos corre mucho,
    por lo llano no se veía.
—¡Cata allá, que va preñada
    del hijo de una judía!
—Que vaya o deje de ir,
    ésta es la mujer mía;
si lleva hijo de un judío,
     yo bautizo le daría.

      Con éste asonante y discurso narrativo llegó al Romancero del siglo XX el romance de “El infante don García” en Burgos, Palencia, Cantabria, Asturias, León, Zamora y Tras os Montes. Pese a esta difusión geográfica, no son muchas las versiones recogidas, ya que sólo es patrimonio de buenos romanceristas. Personalmente, he tenido la fortuna de hallarlo en Nuez y en Latedo (Zamora), en enero de 1948; en Salceda (Cantabria), en agosto de 1948, y en Brañosera (Palencia), en setiembre de 1951. Andado el tiempo, cuando en julio de 1977 reinicié la recolección de romances creando encuestas “colectivas”, en que se combinaba la investigación científica con la docencia, el primer lugar visitado por el equipo que en el primer día dirigía fue Uznayo (en Polaciones, Cantabria), pues aquella comarca había sido en mi experiencia recolectora de los años 40 un área de tradición extraordinariamente rica, y por tanto, la esperanza de que el Romancero hubiera resistido allí la profunda transformación social del campo español, fruto de los años de emigración masiva, me pareció mayor que en otras comarcas. Y en aquella aldea volví a hallar un magnífico texto de “El infante don García”, entre otros romances poco comunes. No sería el último de tal tema entre los centenares luego recogidos de la tradición oral en las subsiguientes encuestas “colectivas” de los años 70 y 80.

      Muy diversa es la tradición de los sefardíes de Oriente, donde el romance de “El infante don García” también vino a formar parte del repertorio de los romanceristas del siglo XX, gracias, en gran parte, a los colectores locales del siglo XIX y a los impresores de librillos de cordel:

     b)

Yo me levanté un lunes,
    un lunes por la mañana;
me fuera a coger tapetes,
    tapetes y almenaras,
para aparentar la torre,
    la torre que era afamada,
la torre de las Salinas,
    la que la ciudad nos guarda.
A la tornada que atorno,
    topé la torre quemada;
quemada topé la torre
    y a la mi mujer robada.
Me llevaron a mi esposa,
    a la mi esposa real.
—Caballo, el mi caballo,
    el mi caballo alazán,
mucha cebada te he dado,
    mucha más te voy a dar,
que me lleves esta noche
    a donde mi esposa real.—
Saltó el caballo y dijo,
    con gracia que Dios le da:
—Apretadme bien la cincha
     y aflojadme el collar,
deisme acicate de hierro,
     de mí no tengáis piedad.—
Por las calles que había gente,
     caminaba de vagar;
por las calles que no hay gente,
     centellas hace saltar.
A puertas de la su madre,
    allí le fue a alborear:
—Estéis en buen hora, madre.
      El mi hijo, bien vengáis.
—Yo perdí a la mi esposa,
    a la mi esposa real.
—Ya la vide yo, el mi hijo,
     a vuestra esposa real,
por aquí pasó esta noche
     dos horas de bel lunar;
blanco viste, blanco calza,
    blanco caballo alazán,
una cantiga diciendo
    que a todos hace pecar.—
Ya se parte el mancebo,
     ya se parte, ya se iba;
a puertas de la su madre
     allí se le anochecía:
—Si veríais, la mi madre,
    a la mi esposa real.
—Ya la vide yo, el mi hijo,
     a vuestra esposa real,
moricos la cautivaron
     por las horas de la tarde;
prieto viste, prieto calza,
     prieto caballo alazán,
una endecha ella cantando
     que a todos hacía llorar:
Que las suegras con las nueras
    siempre se quisieron mal,
y las hijas con las madres
    como la uña con la carne.

      Los elementos comunes de estas versiones de Salónica (Macedonia) y Lárissa (Tracia) con la tradición peninsular son patentes. Incluso los dos comienzos tan diferentes tienen un elemento de fondo en común, la presencia de un signo premonitorio de la desgracia que inopinadamente va a alterar la vida familiar del protagonista: en las versiones peninsulares, la caza infructuosa, que en múltiples romances anuncia la inminencia de un desastre, y en las judeo-españolas de Grecia, el día lunes. que en todos los ámbitos del romancero hispánico es el día fatídico de la semana (tanto en la tradición vieja, como en la moderna). Pero las comunidades sefardíes del Oriente mediterráneo, una vez presentado el contraste entre el comportamiento de la suegra y de la madre de la esposa cautivada, se desinteresaron por la novela subsiguiente, atraídos por la lección de la moraleja de la malquerencia de las suegras respecto a las nueras, hasta tal punto que en la más desarrollada de las versiones judías, la anotada por Manuel Manrique de Lara en Salónica en 1910, de la colección manuscrita del gran rabino Isaac Bohor Amaradji, formada en 1860, la sentencia provoca una retahila de expresiones paralelas de la sabiduría popular:

un chufleto de oro en boca
    iba diziendo un bel cantar:
Que la esfuegra con la nuera
    siempre ya se quijieron mal,
que la madre con la hija
    como la carne y la uña,
y el buen padre con el hijo
     como la piedra en el anillo—
¡Ah!, ansí es el amor de la viuda
    como la pera podrida
y ansí es el amor de la moça
     como la hermosa mançana roja,
y ansí es el amor del mancebo
    como el membrillo fresco
y que todas las señoras
     lo toman por el huesno (‘olor’);
y ansí es el amor de la biencasada
     como la carne bien asada,
¡ah!, ansí es el amor de la malcasada
    como la carne mal asada,
y ansí es el amor de la vieja
    como la zamarra vieja
que tiene pelos
    y no calienta.
—Tú sox la mía hermosa esposa
    la mía esposa reale!

Diego Catalán,  publicado en Romancero de la Cuesta del Zarzal

10/04/2011 02:53. Editado por Gatopardo enlace permanente. DIEGO CATALÁN

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gravatar.comAutor: Rubén

Hay poesía más hermosa que un Romance español ?
Es una de las mejores cosas que han dado a las letras.

Fecha: 11/07/2011 12:00.


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