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DIGAMOS QUE SE LLAMABA JUAN

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      Juan era un curita obrero lleno de brío, que bajaba de la obra donde trabajaba como encofrador, y acudía al lado de un moribundo con el Viático para recibir una buena rociada de la familia, que esperaba a un cura como Dios manda y se encontraba a un hombre oliendo a sudor, con el polvo de cemento incrustado en cada pliegue de la piel y una mirada de insomne maniaco. Luego, a las tantas, después de atender a su parroquia, llegaba en su vespino de segunda mano a la reunión con sus curtidos compañeros de la izquierda, en la sacristía que teníamos a nuestra disposición.

      Desentonaba entre nosotros por esa untuosa prosodia que sólo se aprende en el Seminario, y que nos divertía casi tanto como nos irritaba su manía de introducir tacos que sonaban artificiales. Siempre se podía contar con él para aportar la “vietnamita” que usaba en la parroquia, aquél trasto donde se imprimía de una en una las octavillas, y que habría sido una prueba de convicción para la policía, si la hubiera encontrado en la casa de cualquiera que no fuera él.

     Dábamos mil rodeos para comprobar que no nos seguían, cambiábamos de dirección en el metro, bajábamos del autobús tres paradas antes, y fingíamos ir a comprar verdura en la frutería que había al lado de la Iglesia para comprobar que no había policía en los alrededores, o,  si era de noche, íbamos hasta la farmacia de la esquina como si consultáramos cuál estaba de guardia. Después de una jornada interminable de trabajo, aquellas precauciones eran rituales que nos tranquilizaban poco y nos hacían ver extrañas coincidencias en cualquiera que fuera en la misma dirección o se cruzara con nuestra mirada por el mero hecho de estar ahí. Juan nos iba haciendo pasar con una sonrisa tensa, con aquella intensa alegría que irradiaba siempre, y que no nos reconfortaba, como si nos fuera a anunciar que Franco había aterrizado en Portugal y había pedido asilo a Salazar. Ahora eso suena risible, pero hubo un momento en que creímos que había ocurrido: Radio Tirana o alguna por el estilo en sus tremebundas emisiones para España lo había dicho, y la noticia corrió, en 1969, entre todos los grupos de izquierdas. Sin embargo, fue Radio Nacional quien dijo la verdad: se había decretado el “Estado de excepción” a raíz de las movilizaciones estudiantiles y obreras que tuvo como detonante la muerte de Enrique Ruano. Luego, muchos años después se supo sobre aquel asesinato explicado como suicidio:

         “El 17 de enero de 1969, Enrique Ruano*, estudiante y miembro del Frente de Liberación Popular, fue detenido por agentes de la Brigada Político-Social por haber repartido propaganda contra el régimen franquista. Dos días después, el 19 de enero, fue trasladado, por los agentes ahora definitivamente absueltos, a un piso situado en la séptima planta de un edificio de la calle Príncipe de Vergara, antes General Mola, desde el que fue precipitado a un patio inferior, falleciendo en el acto.

      La versión oficial, mantenida en el juicio por los procesados, pretendió que Ruano se había suicidado, sorprendiendo a los agentes que le custodiaban cuando le quitaron las esposas y arrojándose por la ventana. Esta versión fue la admitida por los Tribunales que archivaron la causa. Cuando en 1991 se logró la reapertura del sumario, los forenses descubrieron que personas desconocidas habían serrado un trozo de la clavícula de Enrique Ruano y este trozo de hueso había desaparecido. Esta pieza se correspondía con un orificio de entrada que presentaba el cadáver de Enrique Ruano y nunca apareció.

     La versión de la familia del fallecido es que Enrique murió a consecuencia del disparo efectuado por uno de los agentes mientras le interrogaba esposado, tras lo cual le arrojaron por la ventana."

      Durante el estado de excepción se multiplicaron las detenciones y las palizas indiscriminadas a los detenidos al alba, a veces por el mero hecho de haber sido detenido otras veces, otras por sospechas policiales sin fundamento. Quien podía, desaparecía de su domicilio e incluso de su trabajo. De todos nosotros, Paco y Sebas eran los únicos que habían pasado por la cárcel: tenían cerca de cuarenta años, pero aparentaban diez más, y trabajaban en la obra con nuestro cura, al que trataban siempre con una ternura abrupta que no usaban con nosotros, que éramos vapuleados como “izquierdistas de salón”, aunque era obvio que ninguno de nosotros hubiera podido brillar en los salones.

      En aquella última reunión a la que acudí, aún estaba vigente el "estado de excepción",  Juan no nos esperaba con su mejor sonrisa, sino con un gesto severo. Apenas nos sentamos, nos contó lo que resumo sin entrecomillar, porque hace demasiado tiempo para recordar las palabras exactas: había sido convocado por su superior jerárquico y le había leído de pe a pa sus andanzas como militante en la clandestinidad, le había dado un somero retrato de cada uno de nosotros, obviamente facilitados por la policía, y, a continuación, le había ordenado cesar todos los contactos y las reuniones. Juan, heroicamente le espetó que esa misma noche tenía una asamblea y que seguiría con ella, y si su superior quería que abandonara, sólo tenía que avisarle a la policía para que lo detuvieran.

      Paco estaba pálido y con la vista clavada en el suelo sin poder reaccionar. Sebas le preguntó porqué no había suspendido aquella reunión, por qué no había avisado de esto y había decidido jugar a los héroes poniéndonos a todos en peligro...

      Juan dijo algo así como “sangre de mártires, semilla de cristianos”, y algunos, poco proclives al masoquismo, no nos quedamos para escuchar la continuación, y nos dispersamos en todas las direcciones. Yo bajaba por las escaleras del metro más próximo cuando escuché las sirenas y la megafonía pidiendo a los congregados en la iglesia que salieran con las manos en alto.

      Detuvieron, junto al cura, a Paco y a Sebas, los únicos que se habían quedado a discutir, y Juan se comportó con una serenidad que no tuvieron los demás, según me contaron Paco y Sebas tres años después, a los pocos días de salir de la cárcel.

      En la comisaría, Juan fue tratado con una obsequiosa deferencia y le llamaron en todo momento “Padre” y de usted. A veces, llevaban a los otros detenidos para que comprobaran a través de una ventanilla disfrazada de espejo, como el Padre Juan estaba defendiendo sus puntos de vista y su ideario con un comisario que lo escuchaba, le daba la razón, y le decía que estaba de acuerdo, pero que su posición era muy difícil porque aun admirando a los que detenía, había de aplicar las órdenes injustas y arbitrarias... Ante ellos las tazas de café, los cigarrillos y las galletas completaban la escena.
      Paco graznó una de sus características carcajadas:

     — “Mientras, a Sebas lo tuvieron que llevar al segundo día al hospital para extirparle el bazo, que le habían reventado a palizas; y a mí me habían dejado este ojo ciego a base de golpes ahora sólo veo sombras con él, y los gomazos en las plantas de los pies me dejaron dieciséis huesos fracturados que han soldado mal. Cada vez que doy un paso cojeando o tengo que dar media vuelta para ver algo,  me acuerdo de la puta que parió a todos los cristianos... ¡Con las broncas que te eché porque no te fiabas de ninguno de ellos!...”

      A Juan lo encontré años más tarde, siendo auxiliar de un obispo muy bien considerado por los demócratas y que se movía con gracia en las camarillas del poder. Me dijo que la gente como nosotros no teníamos conciencia ni humanidad, y me confesó que se sentía muy dolido con los izquierdistas, porque lo habíamos utilizado como “compañero de viaje”, y jamás habíamos visto en él un ser humano sino una herramienta para nuestros propósitos.

      Y a veces lo recuerdo como era en aquellos lejanos tiempos, con sus camisas de cuadros, su flequillo sobre los ojos, su calidez y su convicción férrea, y sonrío enternecida cuando veo sus fotos en los periódicos, siempre al lado de los jerarcas y de los torturadores.

      Siempre me arrepentiré de la hostiacina que no le di cuando pude.

Gatopardo

El 19 de julio la Sección Segunda de la Audiencia Provincial absolvió a tres comisarios de Policía, FRANCISCO LUIS COLINO HERNANZ, JESÚS SIMÓN CRISTÓBAL y CELSO GALVÁN ABASCAL, acusados del asesinato de ENRIQUE RUANO CASANOVA el 17 de enero de 1969, cuando eran inspectores de la Brigada Político-Social del franquismo.

    La absolución se basó en la falta de pruebas contra los procesados, si bien indicaba que no es posible admitir sin dudas razonables la versión oficial del suicidio. Uno de los magistrados del Tribunal, María José de la Vega Llanes, emitió un voto particular en el que estimaba que Ruano fue asesinado de un disparo (versión de la acusación), pero al no haberse podido establecerse cual de los procesados fue autor del mismo, estimaba que debían ser absueltos los tres. Durante la vista del juicio oral, el Fiscal y el abogado del Estado solicitaron la absolución de los procesados, por no ser los hechos enjuiciados constitutivos de delito y, alternativamente, solicitaban, para el caso de una posible condena, la aplicación de la Amnistía decretada en 1997. Finalmente, la sentencia fue confirmada por el Tribunal Supremo en todos sus aspectos.

Fuente del texto en bastardilla: Evolución durante los años 1996/97 de las causas por torturas contra agentes de la Policía Nacional de la Asociación contra la tortura.

11/08/2011 05:11. Editado por Gatopardo enlace permanente. HISTORIAS

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Gatopardo

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