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ROMANCE DE GERINELDO

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25 GERINELDO

—Gerineldo, Gerineldo,
    Gerineldito pulido,
¡quién te tuviera esta noche
    tres horas a mi albedrío,
y después de las tres horas
    hasta ver amanecido!
—Como soy vuestro criado,
    señora, burláis conmigo.
—No me burlo, Gerineldo,
    que de veras te lo digo.
—¿A qué hora, mi señora,
    cumpliréis lo prometido?
—A eso de la media noche,
    cuando el rey esté dormido,
ven con zapatos de seda,
    porque no seas sentido.—
—¡Oh malhaya, Gerineldo,
    quien amor puso contigo,
la media noche es pasada
    y tú no habías venido!—
Tres vueltas le dio al palacio
    y otras tantas al castillo;
a la puerta de la infanta
    Gerineldo dio un suspiro.
—¿Quién habrá sido el osado,
    quién será el atrevido
que, a deshoras de la noche,
    a mi puerta da un suspiro?
—Soy Gerineldo, señora,
    que vengo a lo prometido.—
Salto diera de la cama,
    le abrió puertas y postigos.
—Con un postigo que abras
    cabe mi cuerpo pulido.
—¿Quieres comer o beber
    o descansar, dueño mío?
—Quiero acostarme en la cama,
    que vengo de amor rendido.—
Se pusieron a luchar
    como mujer y marido;
en el medio de la lucha
    los dos se quedan dormidos.
Después del amanecer,
    tres horas el sol salido,
el rey se quiere vestir,
    no hay quien le alcance el vestido;
ha llamado a Gerineldo
    y nadie le ha respondido.
El rey se viste y se calza
    y al cuarto la infanta ha ido.
Los ha encontrado durmiendo,
    como mujer y marido.
—Yo, si mato a la infantita,
    queda mi reino perdido;
y si mato a Gerineldo,
    ¡le crié tan de chiquito!—
Les puso la espada en medio,
    por que sirva de testigo.
Con el frío de la espada,
    la infanta se ha resentido:
—¿Oh, qué es esto, Gerineldo,
    traes armas para conmigo?
—Yo no traigo ningún arma,
    sino con las que he nacido.
—¿A dónde me iré, señora?,
    ¿a dónde me iré, Dios mío?
—Vete por esos jardines,
    cogiendo rosas y lirios. —
El rey, que estaba en acecho,
    al encuentro le ha salido:
—¿Dónde vienes, Gerineldo,
    pálido y descolorido?
—Vengo del jardín, señor,
    que está muy florido y lindo,
la fragancia de una rosa
    todo el color me ha comido.
—¡Mientes, mientes, Gerineldo,
    tú con la infanta has dormido!
—Mateisme, señor, mateisme,
    que lo tengo merecido.
—El castigo que mereces
    ya lo tengo prometido:
antes que llegue la noche, 
    seréis mujer y marido.

      Así, con espléndida desnudez narrativa, esta historia del triunfo de la pasión sobre las barreras sociales ha vivido en la tradición desde los orígenes del Romancero hasta el siglo XX, cantada por todas partes, y aún bailada en el famoso “baile de tres” (de un hombre con dos mujeres), baile de viejísimo abolengo, conservado en Las Navas del Marqués (un pueblo serrano de la Transierra de Ávila, hoy en peligro de explotación urbanística desaforada), a donde acudieron, en 1905, Ramón Menéndez Pidal y Manuel Manrique de Lara a oirlo, verlo y documentarlo (en su texto, música y coreografía), invitados por el Conde de las Navas.

      El gentil cuerpo de Gerineldo (o Reginaldo, en versiones portuguesas; quizá Eghinardo) alcanzó tal fama que vino a ser recordado proverbialmente entre nuestros clásicos en la comparación “más gentil que Gerineldos...”. Sin embargo, el romancero impreso de los siglos XVI y siguientes sólo lo recogió en dos versiones muy poco representativas: una, procedente de un pliego suelto, que conocemos en impresión de 1537, deja truncada la historia en el momento en que la infanta descubre que su padre ha puesto la espada entre ambos amantes; la otra, divulgada en un pliego suelto más tardío, traslada la acción a Turquía y hasta inventa una huida de los amantes a Tartaria.

      Entre el millar de versiones de la tradición oral de los siglos XIX y XX (todas distintas, aunque similares), que del romance se hallan atesoradas en el “Archivo del Romancero”, son minoritarias las que, en el Norte de España y en Portugal y entre los judíos sefardíes de Marruecos y de Oriente y en Nuevo México, visten esa desnudez narrativa con motivos o fórmulas ornamentales (la mayor parte de procedencia muy antigua, otras de creación moderna), como en el siguiente ejemplo:

b)

¡Quién tuviera la fortuna
    para ganar lo perdido,
como tuvo Gerineldo
    la mañana de un domingo,
estando limpiando sedas
    para al buen rey dar vestido!
—Gerineldo, Gerineldo,
    paje del rey más querido,
¡cuántas damas y doncellas
    desean dormir contigo!
Bien pudieras, Gerineldo
    tratar de amores conmigo.
—Como soy criado vuestro,
    os queréis burlar conmigo.
—No te lo digo de burlas,
    yo de verdad te lo digo.
—¿A qué horas vendré, señora,
    a qué horas vendré al castillo?
—A horas de la media noche,
    cuando cante el gallo primo,
a esas horas de la noche 
    el rey estará dormido.
Ven a sombra de tejados,
    para no ser conocido.
Aún no eran las doce dadas,
    Gerineldo en el camino,
los zapatos en la mano,
    a fin de no ser sentido.
Halló una escala al balcón,
    por ella subió al castillo.
Cada escalón que subía
    le costaba un suspirillo,
y en el último escalón
    la infanta le había sentido.
—¡Oh, quién ronda mi palacio,
    quién es ese atrevido?
—Gerineldo soy, señora,
    que vengo a lo prometido.
—Si tú fueras Gerineldo 
    dieras señas del castillo.
—A los pies de vuestra cama
    hay un limón muy florido.
Ya lo agarra de la mano
    para dentro lo ha metido,
lo lavó en agua de rosas
    para acostarlo consigo; 
tantos son besos y abrazos
    el sueño los ha vencido
Despertara el rey gritando
    de un sueño despavorido:
“ O me duermen con la infanta
    o me roban el castillo”
Llamó el rey a Gerineldo,
    su pajecillo querido,
que le trajese las armas,
    que le trajese el vestido.
Y le contesta otro paje,
    de Gerineldo enemigo:
—Se ha ido a jugar a los dados
    con las damas al castillo. —
Pronto se pone de pie, 
    más pronto coge el vestido,
puso la espada en el cinto
    y se fue para el castillo.
Topólos boca con boca,
    como mujer con marido:
—Si mato a mi hija, la infanta,
    ¿quién ha de heredar lo mío?
y, si mato a Gerineldo,
    lo he criado desde niño;
pondré mi espada entre medias
    que me sirva de testigo. —
—¡Válgame Dios, Gerineldo,
    qué buen sueño hemos tenido!,
la espada del rey mi padre
    entre los dos ha dormido.
—No se asuste, la infantita,
    que yo la traje conmigo.
—Mientes, mientes, Gerineldo,
    que yo bien la he conocido,
que la de mi padre es de oro,
    la tuya de acero fino. —
Se levanta Gerineldo
    y hacia palacio se ha ido.
—¿Dónde vienes, Gerineldo,
    que vienes descolorido?
—Vengo de cazar la garza,
    de las orillas del río.
—Esa garza, Gerineldo,
    la crié yo con mi trigo.
Tómala tú por mujer
    y ella a ti por marido.

      Es de notar, que ciertos transmisores del romance (tanto mujeres como hombres) han reaccionado contra este triunfo de la pasión y ven con malos ojos a la “caprichosa” doncella de estatus superior: en un grupo de versiones asturianas y de la montaña de León, se concibe el casamiento como un castigo para la infanta:

—Con todo lo que yo tengo,
    no hay para ella un vestido.
—Cómpraselo de sayal,
    que ella así lo ha merecido.;

y, desde Andalucía, se ha propagado a múltiples versiones la respuesta machista del criado:

—Tengo juramento hecho 
    a la Virgen de la Estrella,
mujer que ha sido mi dama
    de no casarme con ella,
que, como se entregó a mí,
    se entregará a otro cualquiera.

        Este desplante ha traído consigo el que, en la tradición andaluza, se haya adosado al romance de “Gerineldo” una segunda parte, constituida por el romance de “La Condesita”, para que la infanta pecadora muestre su fidelidad, cuestionada por el reticente criado. Este contubernio temático ha gozado de enorme éxito, propagándose, vía Aragón, hasta el Pirineo y, por Occidente hasta la montaña astur-leonesa.

Diego Catalán, publicado en Romancero de la Cuesta del Zarzal

Imagen de portada: versión libre del autorretrato de Botticelli

10/10/2011 05:50. Editado por Gatopardo enlace permanente. DIEGO CATALÁN

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gravatar.comAutor: Anónimo Segundo

Ole

Fecha: 12/10/2011 17:29.


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