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ROBERTO SAVIANO: TIERRA DE LOS FUEGOS

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      Imaginar no es complicado. Formarse en la mente una persona, un gesto, o algo que no existe, no es difícil. No resulta complejo imagi­nar incluso la propia muerte. Pero lo más complicado es imaginar la economía en todas sus partes. Los flujos financieros, los márgenes de beneficio, las contrataciones, los débitos, las inversiones... No hay fi­sonomías que visualizar, cosas precisas que meterse en la mente. Se pueden imaginar las diversas determinaciones de la economía, pero no los flujos, las cuentas bancarias, las operaciones individuales. Si se prueba a imaginar la economía, se corre el riesgo de tener los ojos cerrados para concentrarse y estrujarse hasta ver aquellas psicodélicas deformaciones de colores que se forman en la pantalla del párpado.

       Trataba cada vez más de reconstruir en la mente la imagen de la economía, algo que pudiera dar el sentido de la producción, de la venta, de las operaciones de descuento y de las compras. Era imposi­ble encontrar un organigrama, una concordancia icónica precisa. Acaso el único modo de representar la economía en su trayectoria era intuir lo que dejaba atrás, seguir su reguero, las partes que, como escamas de piel muerta, iba dejando caer mientras consumía su tra­yecto.

      Los vertederos eran el emblema más concreto de todo ciclo eco­nómico. Amontonan todo lo que ha sido, son la verdadera estela del consumo, algo más que la huella que todo producto deja en la cor­teza terrestre. El sur de Italia es la terminal de todos los residuos tó­xicos, los restos inútiles, la escoria de la producción. Si los desechos que escapan al control oficial —según estimaciones de la asociación ecologista Legambiente— se unieran en un solo montón, su conjunto formaría una cordillera de catorce millones de toneladas: prác­ticamente como una montaña de 14.600 metros de altura con una base de tres hectáreas. Piénsese que el Mont Blanc tiene 4.810 me­tros y el Everest, 8.844, de modo que esa montaña de residuos que han escapado a los registros oficiales sería la mayor existente en toda la tierra. Es así como he imaginado el ADN de la economía, sus ope­raciones comerciales, las restas y sumas de los asesores fiscales, los di­videndos de los beneficios: en la forma de esta enorme montaña. Una enorme cordillera que —como si se la hubiera hecho explo­tar— se ha dispersado por la mayor parte del sur de Italia, en las cua­tro regiones con mayor número de delitos ecológicos: la Campania, Sicilia, Calabria y Apulia. La misma lista que surge cuando se habla de los territorios con las mayores organizaciones criminales, con la mayor tasa de paro y con la participación más alta en las convocato­rias de voluntarios para el ejército y las fuerzas de policía. Una lista siempre igual, permanente, inmutable. La provincia de Caserta, la tie­rra del clan Mazzoni, entre el río Garellano y el lago Patria, durante treinta años ha absorbido toneladas de residuos, tanto tóxicos como ordinarios.

      La zona más golpeada por el cáncer del tráfico de venenos se encuentra entre los municipios de Grazzanise, Cancello Amone, Santa Maria La Fossa, Castelvolturno, Casal di Principe —casi tres­cientos kilómetros cuadrados de extensión— y en el perímetro na­politano de Giugliano, Qualiano,Villaricca, Nola, Acerra y Marigliano. Ningún otro territorio del mundo occidental ha tenido una carga mayor de residuos, tóxicos y no tóxicos, vertidos ilegalmente. Gracias a este negocio, la facturación que ha caído en los bolsillos del clan y de sus intermediarios ha alcanzado en cuatro años la cifra de 44.000 millones de euros. Un mercado que ha experimentado en los últimos tiempos un incremento global del 29,8 por ciento, equipa­rable únicamente a la expansión del mercado de la cocaína. Desde fi­nales de la década de 1990, los clanes camorristas se han convertido en los líderes continentales del vertido de residuos.Ya en el informe realizado en 2002 por el ministro del Interior para el Parlamento ita­liano se hablaba claramente del paso de la recogida de residuos a un pacto empresarial con algunos de los responsables de las obras, para acabar ejerciendo un control total sobre el ciclo entero. El clan de los Casalesi, en sus dos vertientes, una dirigida por Schiavone Sandokan y la otra por Francesco Bidognetti, alias «Cicciotto di Mezzanotte», se reparte este gran negocio, un mercado tan enorme que —pese a haber constantes tensiones— no les ha llevado nunca a un choque frontal. Pero los Casalesi no están solos en esto. Está también el clan Mallardo de Giugliano, un cártel habilísimo a la hora de recolocar de manera rápida las ganancias del propio tráfico, y capaz de vehicular en su territorio una cantidad inmensa de residuos. En la zona de Giugliano se ha descubierto una antigua cantera abandonada rebo­sante de residuos. Se estima que la cantidad allí vertida equivale a unos 28.000 camiones TIR, un volumen que uno se puede repre­sentar imaginando una fila de camiones, cada uno de ellos pegado al parachoques del otro, que llegaría desde Caserta hasta Milán.

      Los boss no han tenido el menor escrúpulo en recubrir de ve­neno sus propios pueblos, dejando pudrirse las tierras que rodeaban sus propias villas y sus propios dominios. La vida de un boss es bre­ve; el poder de un clan, entre guerras internas, arrestos, matanzas y cadenas perpetuas, no puede durar mucho. Ahogar en residuos tóxi­cos un territorio, rodear los propios pueblos de montañas de vene­no puede resultar un problema solo para quien posee una dimen­sión de poder a largo plazo y dotada de una responsabilidad social. En la inmediatez del negocio, en cambio, no hay más que un eleva­do margen de beneficios y la ausencia de cualquier contraindica­ción. La parte más consistente del tráfico de residuos tóxicos tiene un vector único: el vector norte-sur. Desde finales de la década de 1990 se han vertido entre Nápoles y Caserta 18.000 toneladas de residuos tóxicos procedentes de Brescia, mientras que en el plazo de cuatro años un millón de toneladas han acabado en Santa Maria Capua Vetere. Desde el norte, los residuos tratados en las instalaciones de Mi­lán, Pavía y Pisa se enviaban después a la Campania. La Fiscalía de Nápoles y la de Santa Maria Capua Vetere descubrieron, en enero de 2003, y gracias a las investigaciones coordinadas por el fiscal Do­nato Ceglie, que en cuarenta días habían llegado más de 6.500 to­neladas de residuos de Lombardia a Trentola Ducenta, cerca de Ca­serta.

      Los campos de las provincias de Nápoles y de Caserta son autén­ticos mapamundis de basura, papeles de tornasol de la producción industrial italiana .Visitando vertederos y canteras es posible ver el des­tino de decenios enteros de productos industriales italianos. Siempre me ha gustado dar vueltas con laVespa por los caminos que bordean los vertederos. Es como andar sobre residuos de civilizaciones, sobre estratos de operaciones comerciales; como flanquear pirámides de producción, trazas de kilómetros consumidos. Pistas forestales a me­nudo muy mal asfaltadas para facilitar el acceso de los camiones. Territorios donde la geografía de los objetos se halla integrada por un mosaico variado y múltiple. Todo resto de producción y de acti­vidad tiene su ciudadanía en estas tierras. En cierta ocasión, un cam­pesino estaba arando un campo que acababa de comprar, exacta­mente en el límite entre las provincias de Nápoles y de Caserta. El motor del tractor se calaba; era como si aquella tierra fuese especial­mente compacta. De pronto empezaron a asomar trozos de papel por ambos lados de la reja. Era dinero. Miles y miles de billetes de banco; cientos de miles. El campesino bajó de un salto del tractor y empezó a recoger frenéticamente todos los fragmentos de dinero, como un botín oculto por quién sabe qué bandido, fruto de quién sabe qué inmenso robo. Era solo dinero desmenuzado y descolorido; billetes de banco triturados procedentes del Banco de Italia, tonela­das de fardos de dinero ya desechado y fuera de curso legal. El tem­plo de la lira había acabado bajo tierra; los restos del viejo papel mo­neda liberaban su plomo en un campo de coliflores.

      Cerca de Villaricca, los carabineros descubrieron un terreno donde se habían acumulado los papeles utilizados para limpiar las ubres de las vacas procedentes de centeneras de granjas de las regio­nes del Véneto, Emilia y Lombardia. Las ubres de las vacas se limpian constantemente, dos, tres, cuatro veces al día; cada vez que hay que ponerles las ventosas de los ordeñadores automáticos, los mozos de cuadra tienen que limpiarlas. A menudo las vacas enferman de mas­titis y otras patologías similares, y empiezan a segregar pus y sangre; pero en ningún momento se les prescribe reposo: simplemente hay que limpiarlas cada media hora, ya que, de lo contrario, el pus y la sangre terminan en la leche, estropeando barriles enteros. Cuando pasé junto a las montañas de papel de ubre sentí un fuerte hedor a leche agria. Acaso era pura sugestión, y tal vez aquel color amari­llento de los papeles amontonados deformaba incluso los sentidos. Pero lo cierto es que estos residuos, acumulados a lo largo de dece­nios, han reestructurado los horizontes, creado nuevos olores, hecho surgir siluetas de colinas inexistentes; las montañas devoradas por las canteras de repente han recuperado la masa perdida. Pasear por el in­terior de la Campania es como absorber los olores de todo lo que producen las industrias. Al ver mezclada en la tierra la sangre arterial y venosa de las fábricas de todo el territorio, viene a la mente algo parecido a las bolas de plastiliną modeladas por los niños con todos los colores disponibles. Cerca de Grazzanise se había acumulado toda la tierra de desecho de la ciudad de Milán. Durante decenios, toda la basura recogida en los cubos de los barrenderos milaneses, el pro­ducto de sus escobazos matutinos, se había agrupado y expedido ha­cia esa zona. Cada día, 800 toneladas de residuos de la provincia de Milán acaban en Alemania; sin embargo, la producción total de la ciudad es de 1.300 toneladas diarias: faltan, pues, otras 500, que no se sabe dónde van a parar. Es muy probable que estos residuos fantasma se dispersen por todo el sur de Italia. Incluso hay tóner de impreso­ras contaminando la tierra, tal como ha puesto al descubierto la ope­ración de 2006 «Madre Tierra», coordinada por la Fiscalía de Santa Maria Capua Vetere. Entre Villa Literno, Castelvolturno y San Tammaro, el tóner de todas las impresoras de oficina de la Toscana y Lombardia se vertía de noche desde camiones que oficialmente trans­portaban compost, un tipo de fertilizante. Su olor era ácido y fuerte, y afloraba cada vez que llovía. Las tierras estaban llenas de cromo hexavalente. Si se inhala, este se fija en los glóbulos rojos y en los cabe­llos y provoca úlceras, dificultades respiratorias, problemas renales y cáncer de pulmón. Cada metro de tierra lleva su carga peculiar de residuos. En cierta ocasión, un amigo mío dentista me explicaba que algunos muchachos le habían llevado calaveras. Auténticas calaveras, de seres humanos, para que les limpiara los dientes. Como pequeños Hamlets, en una mano llevaban el cráneo y en la otra un fajo de bi­lletes para pagar la limpieza de boca. El dentista les echó de la con­sulta y luego me telefoneó nervioso:

      —Pero ¿de dónde coño sacan esos cráneos? ¿Dónde van a bus­carlos?

      El se imaginaba escenas apocalípticas, ritos satánicos, chiquillos iniciados en el verbo de Belcebú.Yo sonreía. No era difícil saber de dónde venían. En cierta ocasión, pasando cerca de Santa Maria Capua Vetere con mi Vespa, se me había pinchado una rueda. El neumático se había rajado al pasar por encima de una especie de bastón afilado que yo creí un fémur de búfalo. Pero era demasiado pequeño para ser de búfalo: era un fémur humano. En los cementerios se realizan ex­humaciones periódicas: sacan a los que los sepultureros más jóvenes llaman «los archimuertos», los que llevan más de cuarenta años bajo tierra. En teoría, estos restos habrían de tratarse, junto a los ataúdes y demás material del cementerio, mediante la gestión de empresas espe­cializadas. El coste de este tratamiento resulta muy elevado, de modo que los directores de los cementerios dan dinero a los sepultureros para que excaven y luego lo echen todo en un camión: tierra, ataúdes podridos y huesos. Así, tatarabuelos, bisabuelos, abuelos de quién sabe qué ciudad se amontonaban en los campos de Caserta. Se llegaron a verter tantos —como descubriría el NAS de Caserta en febrero de 2006— que la gente, cuando pasaba cerca, se persignaba, como si se tratara de un cementerio. Los chiquillos les mangaban los guantes de cocina a sus madres, y, excavando con manos y cucharas, buscaban los cráneos y las cajas torácicas que estuvieran intactos. Los vendedo­res de los rastros llegaban a comprar un cráneo con los dientes blan­queados hasta por cien euros; y por una caja torácica intacta, con to­das las costillas, podían pagarse hasta trescientos. Las tibias, fémures y brazos no tienen salida. Las manos sí, pero sus trozos se pierden fácil­mente entre la tierra. Una calavera con los dientes negros vale cin­cuenta euros, pero estas no tienen un gran mercado: parece que a la clientela no le repugna tanto la idea de la muerte como el hecho de que el esmalte de los dientes empiece poco a poco a pudrirse.

      De norte a sur, los clanes consiguen drenar de todo. El obispo de Nola definió el sur de Italia como el vertedero ilegal de la Italia rica e industrializada. Las escorias derivadas de la metalurgia térmica del aluminio, los peligrosos polvos de extracción de humos, en particu­lar los producidos en la industria siderúrgica, las centrales termoe­léctricas y las incineradoras; los residuos de los barnices, los líquidos renuentes contaminados de metales pesados, el amianto, las tierras contaminadas procedentes de actividades de saneamiento, que van a contaminar terrenos que aún no lo están; y también residuos pro­ducidos por empresas o instalaciones peligrosas de petroquímicas históricas como la antigua Enichem de Priolo, los fangos de curtido de la zona de Santa Croce sull’Arno, o los fangos de las depuradoras de Venecia y de Forli, propiedad de sociedades mayoritariamente de ca­pital público.

      El mecanismo del vertido ilícito parte de empresarios de gran­des compañías, o incluso de pequeñas, que quieren eliminar a precios irrisorios sus residuos, el material de desecho del que ya no es posi­ble extraer nada sin coste alguno. En la segunda fase se hallan los ti­tulares de centros de almacenaje que emplean una técnica consisten­te en recoger los residuos tóxicos y en muchos casos mezclarlos con residuos ordinarios, de modo que diluyen su concentración tóxica y de ese modo eluden su clasificación, de acuerdo con el CER (el Ca­tálogo Europeo de Residuos), como residuos tóxicos.

      Los químicos son fundamentales para reclasificar un cargamen­to de residuos tóxicos como basura inocua. Muchos de ellos entre­gan un formulario de identificación falso con códigos de análisis engañosos. Después están los transportistas que recorren el país para llegar hasta el sitio prescrito para los vertidos, y finalmente, los res­ponsables de dichos vertidos. Estos pueden ser gestores de vertederos autorizados o de instalaciones de compostaje en donde se cultivan los residuos para hacer abono, pero pueden ser también propietarios de canteras abandonadas o de terrenos agrícolas que se utilizan para vertidos ilegales. Allí donde haya un espacio con un propietario pue­de haber un vertedero. También son elementos necesarios para el funcionamiento de todo el mecanismo los funcionarios y empleados públicos que no controlan ni verifican las diversas operaciones, o conceden la gestión de canteras y vertederos a personas claramente integradas en organizaciones criminales. Los clanes no tienen que hacer pactos de sangre con los políticos, ni aliarse con partidos enteros. Basta con un funcionario, un técnico, un empleado, con cual­quiera que desee aumentar su sueldo, y para ello, con extremada fle­xibilidad y silenciosa discreción, se las arregle para que el negocio salga adelante en provecho de todas las partes implicadas. Los verda­deros artífices de la mediación son, sin embargo, los que se conocen como «stakeholders»; son ellos los auténticos genios criminales del empresariado del vertido ilegal de residuos peligrosos. En este terri­torio, entre Nápoles, Salerno y Caserta, se forjan los mejores stake­holders de toda Italia. Por stakeholder (que en inglés significa «inte­resado» o «depositario») se entiende, en la jerga empresarial, aquella figura de la empresa que participa en el proyecto económico y que, asimismo, se halla en disposición de influir con su actividad, directa o indirectamente, en sus resultados. En Italia, los stakeholders de los residuos tóxicos se habían convertido en una auténtica clase dirigen­te. Y durante los desesperantes períodos de paro de mi vida no era raro que alguien me dijera:

      —Eres licenciado y tienes cualidades, ¿por qué no te metes a stakeholder?

      Para los licenciados del sur que no tenían un padre abogado o notario, esa era una vía segura hacia el enriquecimiento y la satisfac­ción profesional. Los licenciados con buena presencia se convertían en intermediarios después de pasar algunos años en Estados Unidos o en Inglaterra especializándose en políticas medioambientales.Yo he conocido a uno de ellos. Uno de los primeros, y uno de los mejores. Antes de escucharle, antes de observar su trabajo, no tenía ni idea del filón que representaban los residuos. Se llamaba Franco, y le conocí en el tren, volviendo de Milán. Obviamente, se había licenciado en la milanesa Universidad Bocconi, y en Alemania se había especiali­zado en políticas de recuperación medioambiental. Una de las ma­yores habilidades de los stakeholders es la de saberse de memoria el CER y comprender cómo manejarse con él. Eso les permitía saber cómo tratar los residuos tóxicos, cómo eludir las normas, cómo ofre­cer a la comunidad empresarial atajos clandestinos. Franco, origina­rio de Villa Literno, quería atraerme a su profesión. Había empezado a hablarme de su trabajo partiendo del aspecto exterior. Normas y obstáculos para el éxito de un stakeholder. Si tenías entradas o te clareaba la coronilla, habías de evitar taxativamente emparrados y pe­luquines. Para mantener la imagen de triunfador, estaba prohibido llevar el cabello largo a ambos lados de la cabeza para tapar los es­pacios vacíos causados por la calvicie. El cráneo debía estar rapado, o como máximo con una rala pelusa de cabellos cortos. Según Fran­co, si el stakeholder era invitado a una fiesta, debía acudir siempre acompañado de una mujer y evitar hacer el triste papel de ir detrás de todas las faldas presentes. Si no tenía novia o no tenía una que estuviera a la altura de las circunstancias, tenía que pagarse a una señorita de compañía de lujo, de las más elegantes. Los stakeholders de los residuos se presentan ante los propietarios de empresas quí­micas, de curtidurías, de fábricas de plásticos, y les ofrecen sus listas de precios.

      El tratamiento de residuos representa un coste que ningún em­presario italiano considera necesario. Los stakeholders repiten siem­pre la misma metáfora:

      —Para ellos es más útil la mierda que cagan que los residuos, para cuyo tratamiento tienen que desembolsar montones de dinero.

      Sin embargo, jamás han de dar la impresión de estar ofreciendo una actividad delictiva. Los stakeholders ponen en contacto a las in­dustrias con los responsables de los vertederos de los clanes, y, aun­que a cierta distancia, controlan todos los pasos de la eliminación de los residuos.

      Existen dos clases de productores de residuos. Por una parte, los que no tienen otro objetivo que ahorrar en el precio del servicio, sin que les importe la fiabilidad de las empresas con las que subcontratan la eliminación de sus residuos. Son los que consideran que su responsabilidad termina en el momento en que los barriles de vene­no salen del perímetro de sus empresas. Y luego están los directa­mente implicados en las operaciones ilegales, que se encargan ellos mismos de eliminar sus residuos de manera ilícita. En ambos casos, la mediación del stakeholder es necesaria para garantizar los servicios de transporte y la indicación del lugar del vertido, así como su ayuda a la hora de dirigirse a quien corresponda para la desclasificación de un cargamento. La oficina del stakeholder es su coche. Con un telé­fono y un ordenador portátil mueven cientos de miles de toneladas de residuos. Sus ganancias van a comisión sobre los contratos con las empresas y en relación a los kilos de residuos contratados para su eli­minación. Los stakeholders tienen una lista de precios variable. Los diluyentes, que, por ejemplo, un stakeholder ligado a los clanes pue­de eliminar sin dificultad, van de los 10 a los 30 céntimos el kilo; el pentasulfuro de fósforo, a un euro el kilo; las tierras removidas de las carreteras, a 55 céntimos el kilo; los embalajes con restos de residuos peligrosos, a 1,40 euros; las tierras contaminadas, hasta 2,30 euros; los materiales de desecho de los cementerios, a 15 céntimos; las partes no metálicas de los automóviles, a 1,85 euros el kilo, transporte in­cluido. Los precios propuestos, obviamente, tienen en cuenta las exi­gencias de los clientes y las dificultades del transporte. Las cantidades gestionadas por los stakeholders son enormes, y sus márgenes de be­neficio exorbitantes.

      La denominada «Operación Houdini» de 2004 ha demostrado que una sola instalación industrial del Véneto gestionaba ilegalmente cerca de doscientas mil toneladas de residuos al año. El coste de mercado para gestionar correctamente los residuos tóxicos impone precios que van de los 21 a los 62 céntimos el kilo; los clanes pro­porcionan el mismo servicio a 9 o 10 céntimos el kilo. En 2004, los stakeholders de la Campania llegaron a garantizar que ochocientas toneladas de tierras contaminadas de hidrocarburos, propiedad de una empresa química, se trataran al precio de 25 céntimos el kilo, transporte incluido; un ahorro del 80 por ciento sobre los precios normales.

      La verdadera fuerza de los intermediarios, de los stakeholders que trabajan con la Camorra, es su capacidad de garantizar un servicio en todas y cada una de sus fases, mientras que los intermediarios de las empresas legales ofrecen precios más altos y que no incluyen el transporte. Sin embargo, los propios stakeholders casi nunca son afi­liados de los clanes. No hace falta. La no afiliación constituye una ventaja para ambas partes. Los stakeholders pueden trabajar para dis­tintas familias, como agentes libres, sin tener que asumir obligaciones militares o imposiciones concretas, y sin tener que convertirse en peones de guerra. En todas las operaciones de la magistratura italia­na cogen siempre a unos cuantos, pero las condenas nunca son muy duras, puesto que resulta difícil demostrar su responsabilidad directa, dado que oficialmente no toman parte en ninguno de los pasos de la cadena de la eliminación delictiva de recursos.

      Con el tiempo he aprendido a ver con los ojos del stakeholder; una mirada distinta de la del constructor. Un constructor ve el espa­cio vacío como algo que hay que llenar, trata de convertir en lleno el vacío; el stakeholder piensa, en cambio, en cómo hallar el vacío en lo lleno.

      Franco, cuando caminaba, no observaba el paisaje, sino que pen­saba en cómo poder meter algo dentro. Era como ver todo lo exis­tente a manera de una gran alfombra y buscar en las montañas, en los lados de los campos, el borde que hay que levantar para barrer deba­jo todo lo posible. En cierta ocasión, mientras caminábamos, Franco observó el emplazamiento abandonado de un surtidor de gasolina, y pensó de inmediato en que los depósitos subterráneos podrían alber­gar decenas de pequeños barriles de residuos químicos. Una tumba perfecta. Así era su vida, una continua búsqueda del vacío. Más tarde, Franco dejó de hacer de stakeholder, de recorrer kilómetros y kiló­metros con su coche, de ofrecerse a los empresarios del nordeste del país y de ser contratado por media Italia. Montó un curso de forma­ción profesional. Sus principales alumnos eran chinos, llegados de Hong Kong. Los stakeholders orientales habían aprendido de los ita­lianos a tratar con las empresas de toda Europa, a ofrecer precios y soluciones rápidas. Cuando en Inglaterra aumentaron los costes de la eliminación de residuos, se presentaron los stakeholders chinos discí­pulos de los de la Campania. En Rotterdam, la policía portuaria ho­landesa descubrió en marzo de 2005, justo cuando partían hacia China, mil toneladas de residuos urbanos ingleses expedidos oficial­mente como papel para maceración destinado al reciclaje. Un millón de toneladas de residuos de las empresas de alta tecnología parten cada año de Europa para ser vertidos en China. Los stakeholders los llevan a Guiyu, al nordeste de Hong Kong; sepultados, aplastados bajo tierra, sumergidos en lagos artificiales. Como en Casería. Debi­do a ello, han contaminado Guiyu con tal velocidad que los estratos acuíferos se hallan ahora totalmente comprometidos, hasta el punto de verse obligados a importar el agua potable de las provincias veci­nas. El sueño de los stakeholders de Hong Kong es hacer de Nápoles el puerto de enlace de los residuos europeos, un centro de reco­gida flotante donde poder estibar en contenedores el oro de la basura que acabará sepultada en las tierras de China.

      Los stakeholders de la Campania eran los mejores; habían bati­do a la competencia de los calabreses, los apulianos y los romanos debido a que, gracias a los clanes, habían convertido los vertederos de la Campania en un enorme almacén de rebajas, sin solución de con­tinuidad. En treinta años de tráfico han llegado a apoderarse de todo, a gestionar la eliminación de cualquier cosa con un único objetivo: abaratar los costes y aumentar las cantidades que eliminar. La inves­tigación denominada «Rey Midas», de 2003, que toma su nombre de una llamada telefónica interceptada de un traficante —«Y nosotros, en cuanto tocamos la basura, hacemos que se convierta en oro»—, mostraba que todas y cada una de las fases del ciclo de los residuos recibía su parte de beneficios.

      Cuando iba en el coche con Franco tenía ocasión de escuchar sus llamadas telefónicas. Daba asesoramiento inmediato acerca de cómo y dónde había que verter los residuos tóxicos. Hablaba de co­bre, arsénico, mercurio, cadmio, plomo, cromo, níquel, cobalto o mo­libdeno; pasaba de los residuos de curtiduría a los hospitalarios, de los desechos urbanos a los neumáticos; explicaba cómo tratarlos, sabía de memoria listas enteras de personas y lugares de vertido a los que di­rigirse. Yo pensaba en los venenos mezclados con compost, pensaba en las tumbas para barriles de alta toxicidad excavadas en las entrañas de los campos.Y me ponía pálido. Franco se daba cuenta de ello.

     —¿Te da asco este oficio? Pero, Roberto, ¿sabes que los stake­holders han hecho entrar en Europa a este país de mierda? ¿Lo sabes o no? ¿Y sabes cuántos obreros han podido salvar el culo gracias a que yo he hecho que sus empresas no se gasten un carajo?

      Franco había nacido en un lugar que le había entrenado bien, ya desde niño. Sabía que en los negocios o se ganaba o se perdía —no había espacio para nada más—, y él no quería perder, ni hacer perder a aquellos para los que trabajaba. Lo que él se decía a sí mismo y me decía a mí, las excusas que se explicaba, eran, no obstante, datos feroces, una lectura inversa respecto a cómo yo había visto has­ta entonces la eliminación de residuos tóxicos. Uniendo todos los datos derivados de las investigaciones realizadas por la Fiscalía de Nápoles y la Fiscalía de Santa Maria Capua Vetere desde finales de la década de 1990 hasta hoy, es posible calcular que la ventaja econó­mica para las empresas que se dirigen a gestores de residuos de la Ca­morra puede cuantifícarse en quinientos millones de euros. Yo era consciente de que las investigaciones judiciales habían descubierto solo una parte de las infracciones, y, debido a ello, me entró una es­pecie de vértigo. Muchas empresas del norte habían podido crecer, contratar, hacer competitivo todo el tejido industrial del país hasta el punto de poderlo impulsar hacia Europa, gracias a haberse liberado del lastre representado por el coste de los residuos, que los clanes na­politanos y casertanos les habían aligerado. Schiavone, Mallardo, Moccia, Bidognetti, La Torre y todas las demás familias habían ofre­cido un servicio criminal capaz de relanzar la economía y hacerla competitiva. La operación «Casiopea», en 2003, demostró que cada semana partían del norte hacia el sur de Italia cuarenta camiones TIR cargados de residuos, y, según la reconstrucción de los investigadores, se vertía, sepultaba, arrojaba y enterraba cadmio, cinc, restos de bar­niz, fangos de depuradoras, plásticos varios, arsénico, desechos de las acererías y plomo. La línea directriz norte-sur era la vía privilegiada por los traficantes. Muchas empresas vénetas y lombardas, a través de los stakeholders, habían adoptado su propio territorio en Nápoles o en Caserta, transformándolo en un enorme vertedero. Se calcula que en los últimos cinco años, en la Campania, se han vertido ilegalmente cerca de tres millones de toneladas de residuos de todo tipo, de las que un millón han ido a parar a la provincia de Caserta; una provincia que en el «plan urbanístico» de los clanes ha sido asignada al enterramiento de residuos.

 

      Un papel relevante en la geografía del tráfico ilícito lo desempeña la región de la Toscana, la más ecologista de Italia. Aquí se concentran diversas clases de tráficos ilegales, de la producción a la mediación, todas ellas sacadas a la luz en al menos tres investigaciones: la opera­ción «Rey Midas», la operación «Mosca» y la operación denominada «Agricultura Biológica», de 2004.

      De la Toscana no llegan solo ingentes cantidades de residuos gestionados ilegalmente. La región se ha convertido en una verdade­ra base operativa fundamental para toda una serie de sujetos dedica­dos a estas actividades delictivas: desde los stakeholders hasta los quí­micos conniventes, pasando por los propietarios de las instalaciones de compostaje que permiten realizar las mezclas. Pero el territorio de reciclaje de los residuos tóxicos está aumentando su perímetro. Otras investigaciones han revelado la implicación de regiones que parecían inmunes, como Umbría y Molise. Aquí, gracias a la operación «Mos­ca», coordinada por la Fiscalía de Larino en 2004, se ha descubierto el vertido ilícito de 120 toneladas de residuos especiales procedentes de industrias metalúrgicas y siderúrgicas. Los clanes habían logrado triturar 320 toneladas de asfalto desechado con una altísima densidad de alquitrán, y habían identificado una instalación de compostaje disponible para mezclarlo con tierra, y, por tanto, ocultarlo en la campiña de Umbría.

      El reciclado llega a metamorfosis capaces de ganancias exorbi­tantes en cada una de sus fases. No bastaba con ocultar los residuos tóxicos: además, se podían transformar en fertilizantes, recibiendo así dinero por vender los venenos. Cuatro hectáreas de terreno al abri­go del litoral de Molise se cultivaron con abono extraído de los re­siduos de las curtidurías. Se encontraron nueve toneladas de cereal que contenían una elevadísima concentración de cromo. Los trafi­cantes habían elegido el litoral de Molise —concretamente, el tramo entre Termoli y Campomarino— para verter abusivamente residuos especiales y peligrosos procedentes de diversas empresas del norte de Italia. Sin embargo, según las investigaciones coordinadas en los últi­mos años por la Fiscalía de Santa Maria Capua Vetere, elVéneto es el verdadero centro de almacenaje, que desde hace años alimenta los tráficos ilegales en todo el territorio italiano. Las fundiciones septen­trionales hacen eliminar sus escorias sin tomar precauciones, mez­clándolas en el compost utilizado para abonar centenares de campos de cultivo.

      Los stakeholders de la Campania utilizan a menudo las rutas del narcotráfico que los clanes ponen a su disposición para encontrar nuevos terrenos que excavar, nuevas tumbas que llenar. Ya en la in­vestigación «Rey Midas», diversos traficantes estaban entablando re­laciones para organizar el tráfico de residuos en Albania y en Costa Rica. Pero hoy cualquier canal es posible: tráfico hacia el Este, hacia Rumania, donde los Casalesi tienen cientos y cientos de hectáreas de terreno; o en los países africanos: Mozambique, Somalia y Nigeria. Todos ellos países donde los clanes tienen apoyos y contactos desde siempre. Una de las cosas que más me alteró fue ver los rostros de los colegas de Franco, las caras tensas y preocupadas de los stakeholders de la Campania, el día del tsunami. En cuanto observaban las imáge­nes del desastre en la televisión, se ponían pálidos. Era como si todos ellos tuviesen mujeres, amantes e hijos en peligro. Pero, en realidad, el peligro afectaba a algo más preciado: sus negocios. En efecto, a causa de la ola provocada por el maremoto se encontraron en las playas de Somalia, entre Obbia y Warsheik, cientos de barriles llenos hasta arriba de residuos peligrosos y radiactivos enterrados en las décadas de 1980 y 1990. Ahora la atención de los medios podría bloquear sus nuevos tráficos, las nuevas válvulas de escape. Pero ese riesgo pron­to quedó conjurado. Las campañas de beneficencia para los refugia­dos desviaron la atención de aquellos bidones de veneno surgidos de la tierra que flotaban junto a los cadáveres. El propio mar se estaba convirtiendo en territorio de constantes vertidos. Cada vez más tra­ficantes llenaban de residuos las bodegas de barcos que luego, simu­lando un accidente, echaban a pique. La ganancia era doble: la ase­guradora pagaba por el accidente, y los residuos se hundían en el mar hasta el fondo.

      Mientras los clanes encontraban en todas partes espacio para los residuos, la administración de la región de Campania, después de diez años de intervención por infiltración camorrista, ya no lograba en­contrar el modo de eliminar su propia basura. En la Campania termi­naban ilegalmente los residuos de todas partes de Italia, mientras que la propia basura de la región, en las situaciones de emergencia, se en­viaba a Alemania, a un precio de eliminación cincuenta veces supe­rior al que la Camorra ofrecía a sus clientes. Las investigaciones señalaron que solo en la región de Nápoles, de dieciocho empresas de re­cogida de residuos, quince están directamente ligadas a los clanes ca­morristas.

 

      El territorio está ahogado en basura, y parece imposible encontrar una solución. Durante años, los residuos de la Campania se han ido amontonando en forma de las denominadas «ecobalas», enormes ba­las cúbicas de basura triturada y embalada con bandas blancas. Solo para eliminar las acumuladas hasta ahora harían falta cincuenta y seis años. La única solución que parece proponerse es la de las incinera­doras. Como en Acerra, donde se han generado revueltas y protestas feroces que han criticado incluso la mera idea de construir una po­sible incineradora en la zona. Con respecto a las incineradoras, los clanes tienen una actitud ambivalente. Por un lado están en contra, puesto que les gustaría seguir viviendo de vertederos y hogueras, y además la actual situación de emergencia permite especular con los terrenos de vertido de las ecobalas, unos terrenos que ellos mismos arriendan. Sin embargo, en el caso de que se construyera la incinera­dora están listos para optar a las subcontratas de su construcción, y, posteriormente, de su gestión. Pero allí donde las investigaciones ju­diciales no han llegado todavía, sí ha llegado ya la población. Aterrorizada, nerviosa, inquieta. La gente teme que la incineradora pueda convertirse en el horno permanente de los residuos de media Italia a disposición de los clanes; y que, en ese caso, todas las garantías sobre la seguridad ecológica de la incineradora acabaran por desvanecerse frente a los venenos cuya quema vendría impuesta por los clanes. Asimismo, miles de personas se ponen en estado de alerta cada vez que se dispone la reapertura de un vertedero agotado. Temen que puedan llegar de todas partes residuos tóxicos camuflados como de­sechos ordinarios, y, en consecuencia, resisten hasta el final antes que arriesgarse a convertir su propia tierra en un depósito incontrolado de nuevos desechos. En Basso dell’Olmo, cerca de Salerno, cuando el comisario regional, en febrero de 2005, trató de reabrir el vertedero, empezaron a formarse espontáneamente piquetes de ciudadanos que impedían la llegada de los camiones y su acceso a dicho vertedero Una vigilancia continua, constante, a cualquier precio. Carmine Iuorio, de treinta y cuatro años, murió congelado mientras hacía su tur­no de vigilancia durante una noche terriblemente fría. Por la maña­na, cuando fueron a despertarle, tenía los pelos de la barba helados y los labios lívidos. Llevaba muerto al menos tres horas.

      La imagen de un vertedero, de un barranco, de una cantera, se hacen cada vez más sinónimos concretos y visibles de un peligro mortal para quien vive en sus alrededores. Cuando los vertederos están a punto de agotarse, se prende fuego a los residuos. Hay una zona en la región de Nápoles que hoy ha pasado a conocerse como la «tierra de los fuegos»: el triángulo Giugliano-Villaricca-Qualiano. Cuenta con 39 vertederos, de los que 27 contienen residuos peligrosos. Un terri­torio en el que los desechos aumentan en un 30 por ciento anual. La técnica funciona, y se pone en práctica a un ritmo constante. Los más hábiles a la hora de provocar los fuegos son los muchachos gitanos. Los clanes les dan cincuenta euros por cada montón quemado. Se trata de una técnica sencilla. Circunscriben cada uno de los enormes montones de residuos con cinta de vídeo, luego echan alcohol y ga­solina sobre todos los residuos, y, convirtiendo la cinta en una enor­me mecha, se alejan. Con un mechero prenden fuego a la cinta, y en pocos segundos todos se convierte en un bosque de llamas, como si hubiesen lanzado bombas de napalm. Luego echan al fuego restos de fundiciones, pegamentos y heces de nafta. El negrísimo humo y el fuego contaminan de dioxinas cada centímetro de tierra. La agricul­tura de estos lugares, que exportaba verdura y fruta hasta Escandinavia, ha caído en picado. La fruta crece enferma, la tierra se vuelve infértil. Pero la rabia de los campesinos y la ruina económica se con­vierten en el enésimo elemento ventajoso, puesto que los propieta­rios de tierras desesperados venden sus propios campos de cultivo, y de ese modo los clanes adquieren nuevas tierras, nuevos vertederos, a un precio, más que bajo, bajísimo. Mientras tanto, continuamente se producen muertes debidas a tumores. Una matanza silenciosa, lenta, difícil de controlar, puesto que se da un auténtico éxodo hacia los hospitales del norte por parte de quienes desean vivir lo máximo posible. El Instituto Superior de Sanidad italiano ha informado de que la mortalidad por cáncer en la Campania, en las ciudades próximas a los grandes vertidos de residuos tóxicos, ha aumentado en un 21 por ciento en los últimos años. Bronquios que se consumen, tráqueas que empiezan a enrojecer, y luego los TAC en los hospitales y las manchas negras que delatan la presencia del tumor. Al preguntar el lugar de procedencia de los enfermos de la Campania, a menudo sale a la luz toda la trayectoria de los residuos tóxicos.

 

      En cierta ocasión decidí atravesar a pie la tierra de los fuegos. Me tapé la nariz y la boca con un pañuelo atado a la cara, tal como ha­cían también los muchachos gitanos cuando iban a quemar los resi­duos. Parecíamos bandas de cowboys caminando entre desiertos de basura quemada. Caminaba entre las tierras devoradas por las dioxi­nas, llenadas por los camiones y vaciadas por el fuego a fin de que el agujero nunca se tapara del todo.

      El humo que atravesaba no era denso; era más bien como una pátina pegajosa que se posaba sobre la piel dejando una sensación de mojado. No lejos de los fuegos había una serie de chalets que des­cansaban todos ellos sobre una enorme «X» de cemento armado. Eran casas construidas sobre vertederos clausurados.Vertederos ilega­les que, después de haber sido utilizados hasta los topes, después de haber quemado todo lo que podía quemarse, se habían agotado, lle­nos hasta estar a punto de explotar. Pero los clanes habían logrado reconvertirlos en terrenos edificables, aunque, por lo demás, oficial­mente seguían siendo zonas de pasto y cultivo. Y así habían cons­truido encima atractivos conjuntos de chalets. El terreno, sin embar­go, no era fiable: habrían podido producirse desprendimientos o abrirse barrancos de improviso, de modo que una serie de armadu­ras de cemento armado estructuradas en forma de resistentes «X» de refuerzo hacían seguras las viviendas. Los chalets se habían vendido, a bajo precio, aunque todos sabían que se alzaban sobre toneladas de residuos. Empleados, pensionistas y obreros, ante la posibilidad de te­ner un chalet, no iban a poner pegas por el terreno sobre el que se asentaban los pilares de sus casas.

      El paisaje de la tierra de los fuegos tenía el aspecto de un apoca­lipsis continuo y repetido, rutinario, como si en su disgusto hecho de percolado y neumático ya no hubiera nada de lo que asombrarse. En las investigaciones se identificaba un método para proteger el vertido de material tóxico de la interferencia de policías y agentes forestales, un método antiguo, utilizado por los guerrilleros, por los partisanos, en todas partes del mundo. Empleaban a pastores como vigilantes. Pastoreaban ovejas, cabras y algunas vacas. Se contrataba a los mejo­res pastores en activo para vigilar a los intrusos en lugar de a los montones de corderos. Apenas veían algún automóvil sospechoso, avisaban. La vista y el teléfono móvil eran armas invencibles. A me­nudo los veía dando vueltas con sus rebaños resecos y obedientes a los perros pastores. En cierta ocasión me acerqué a ellos: quería ver las carreteras por donde los pequeños gestores de vertederos apren­dían a conducir camiones, ya que ahora los camioneros no querían llevar sus cargamentos hasta el lugar del vertido. La investigación «El­dorado», de 2003, había revelado que cada vez más se utilizaba a me­nores para estas operaciones. Los camioneros recelaban de entrar en contacto con los residuos tóxicos. Por lo demás, había sido precisa­mente un camionero el que había desencadenado la primera inves­tigación importante sobre el tráfico de residuos en 1991. Mario Tamburrino había acudido al hospital con los ojos hinchados; las ór­bitas parecían yemas de huevo que los párpados eran ya incapaces de contener. Estaba completamente cegado, sus manos habían perdido la primera capa de epidermis, y le ardían como si hubiese quemado gasolina en las palmas. Se le había abierto un barril tóxico cerca de la cara, y con eso solo había bastado para cegarle y casi quemarle vivo; para quemarle en seco, sin llamas. Después de aquel episodio los camioneros pidieron que los barriles se transportaran en trailers, manteniéndolos a distancia en los remolques y sin llegar siquiera a rozarlos. Los más peligrosos eran los camiones que transportaban el compost adulterado, fertilizantes mezclados con venenos. Solo con inhalarlos habría podido dañarles para siempre el aparato respirato­rio. El último paso, cuando los TIR habían de descargar los barriles en alguna furgoneta que los transportaría directamente al foso del ver­tido, era el más arriesgado. Nadie quería llevarlos. En las furgonetas, los barriles se cargaban unos encima de otros, y a menudo se gol­peaban, provocando emanaciones de su contenido. De modo que, cuando llegaban los trailers, los camioneros ni siquiera se bajaban. Es­peraban a que los descargaran. Luego, unos muchachos llevaban la carga hasta su destino. Un pastor me indicó una carretera que hacía bajada, donde se ejercitaban en la conducción hasta que llegaba el cargamento. En la pendiente les enseñaban a frenar, con dos cojines bajo las posaderas para que llegaran a los pedales. Tenían catorce, quince o dieciséis años. A doscientos cincuenta euros el viaje. Los reclutaban en un bar; el propietario lo sabía y no se atrevía siquiera a rebelarse, aunque sí daba su opinión sobre los hechos a cualquiera que tuviera delante de los capuchinos y los cafés que servía.

      —Esa ropa que les hacen llevar, cuanto más se la echen al cuer­po y la respiren, antes les hará reventar. A esos los mandan a morir, no a conducir.

      Los pequeños conductores, cuanto más oían decir que la suya era una actividad peligrosa, mortal, más se sentían a la altura de una importante misión. Sacaban pecho y adoptaban una mirada desde­ñosa detrás de sus gafas de sol. Se sentían bien; mejor dicho, cada vez mejor; ninguno de ellos podía imaginarse, ni siquiera por un instan­te, que al cabo de diez años estaría haciendo quimioterapia, vomi­tando bilis, con el estómago, el hígado y las tripas deshechos.

 

      Seguía lloviendo. En muy poco tiempo el agua empapó la tierra que ahora ya no lograba absorber nada más. Los pastores, impasibles, fue­ron a sentarse como tres santones demacrados bajo una especie de marquesina construida con planchas metálicas. Seguían vigilando la carretera mientras las ovejas se ponían a cubierto, amontonándose sobre una colina de basura. Uno de los pastores llevaba un bastón que empujaba contra la marquesina, inclinándola para evitar que se llenase de agua y se derrumbase sobre sus cabezas .Yo estaba comple­tamente empapado, pero toda el agua que me caía encima no basta­ba para sofocar una especie de picor que me salía del estómago y se extendía hasta la nuca. Trataba de comprender si los sentimientos humanos podían llegar a enfrentarse a una maquinaria de poder tan enorme, si era posible llegar a actuar de una manera, de alguna po­sible manera, que permitiera protegerse de los negocios, que per­mitiera vivir al margen de las dinámicas del poder. Me atormentaba tratando de entender si era posible intentar comprender, descubrir, saber, sin ser devorado, triturado. O si la elección era entre conocer y comprometerse, o ignorar, y, de ese modo, poder vivir tranquila­mente. Acaso solo quedaba olvidar, no ver. Escuchar la versión oficial de las cosas, intuir solo de manera distraída y reaccionar con un la­mento. Me preguntaba si podía existir algo que fuese capaz de posi­bilitar una vida feliz, o acaso había de limitarme a renunciar a los sueños de emancipación y de libertades anárquicas, y lanzarme a la arena, meterme una semiautomática en los calzoncillos y empezar a hacer negocios, negocios de los de verdad. Convencerme de que formo parte del tejido conectivo de mi tiempo, y jugármelo todo, mandar y ser mandado, convertirse en una bestia del beneficio, un rapaz de las finanzas, un samurai de los clanes; y hacer de mi vida un campo de batalla donde no se pueda sobrevivir, sino solo reventar después de haber mandado y luchado.

 
      He nacido en tierras de la Camorra, en el lugar con más muer­tos por asesinato de Europa, en el territorio donde la crueldad se ha­lla ligada a los negocios, donde nada tiene valor si no genera poder; donde todo tiene el sabor de una batalla final. Parecía imposible te­ner un momento de paz, no vivir siempre en el seno de una guerra donde todo gesto puede convertirse en una concesión, donde toda necesidad se transforma en debilidad, donde todo debes conquistar­lo arrancando la carne al hueso. En tierras de la Camorra, combatir a los clanes no es lucha de clases, afirmación del derecho, reapropia­ción de la ciudadanía. No es la toma de conciencia del propio ho­nor, la defensa del propio orgullo. Es algo más esencial, ferozmente carnal. En tierras de la Camorra, conocer los mecanismos de afirma­ción de los clanes, sus cinéticas de extracción, sus inversiones, signi­fica comprender cómo funciona el propio tiempo en toda su pro­porción, y no solo en el perímetro geográfico de la propia tierra. Ponerse en contra de los clanes se convierte en una guerra por la su­pervivencia, como si la propia existencia, la comida que comes, los labios que besas, la música que escuchas, las páginas que lees, no lograran darte el sentido de la vida, sino solo el de la supervivencia. Y así, conocer ya no es un indicio de compromiso moral. Saber, entender, se convierte en una necesidad. La única posible para conside­rarse aún hombres dignos de respirar.

Roberto Saviano: Gomorra.

Más información:

Foto: Roberto Saviano, vía www.laltranotizia.net/

19/10/2011 17:26. Editado por Gatopardo enlace permanente. EUROPA

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gravatar.comAutor: Jose Luis

Hola Gatopardo, gracias por el blog.

De todas formas, te escribo para ver si me puedes ayudar a contactar a Luis Merida, para pedirle permiso para usar precioso dibujo de Julio Caro Baroja que reproduces en tu blog.

Me gustaría usarlo para la portada de un libro que estoy maquetando en inglés, de trabajos escogidos de Julio Caro para el centro de estudios vascos de la universidad de Reno, Nevada.

Me encantaría usarlo y podría pagarle unos pocos euros.

Te pido, pues, por favor, que me respondas por email para que pueda contactar con él.

Muchas gracias,

Jose Luis

PS: Terrorífico el panorama de Italia. Mi novia que vivió años en Cerdeña se quedó espantada al ver la película basada en el libro de Saviano. No he tenido “tripas” para leer el libro.

Fecha: 20/10/2011 13:59.


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