Facebook Twitter Google +1     Admin


PERIODISMO DE INVESTIGACIÓN

20080622235354-barcelona-05-jpg.jpg

      A las cinco de la mañana, dejé a mi gato dormido, y corrí a la ducha. Ese día salía en primera plana mi reportaje con una denuncia escalofriante sobre corrupción, blanqueo de dinero, industria farmacéutica, y un suicidio tan extraño como silenciado.

      Había tocado a los más grandes, y mi director me advirtió que no se arriesgaría sin tener todas las pruebas. Se las había facilitado, y por primera vez lo vi palidecer. Facturas de los teléfonos móviles con los números marcados y el tiempo de cada conversación, comprobantes de las tarjetas, donde se detallaban los ingresos y los pagos, incluidos los del Hotel George V y la grabación digital de los testimonios de mis fuentes de información. Escuchó todo, absolutamente todo. A pesar de que habían firmado sus declaraciones, quiso comprobar que la trascripción y mis conclusiones eran fidedignas. Estudió el informe del forense que había dictaminado la causa de la muerte, llamó a varios contactos suyos de los servicios de Información, y les preguntó sin rodeos. Pulsó la tecla del teléfono para que pudiera escuchar sus confirmaciones, y cuando colgó, pidió café para dos, llamó al redactor jefe, y le dijo: —¡Adelante, publícalo!— y a mí me rodeó los hombros con su brazo y me dijo: —¡Eres una valiente! Y fue entonces cuando sentí el vértigo y me di cuenta de lo que arriesgaba.

      Cuando bajé a buscar el coche para ir al VIPs, donde primero llegarían los periódicos, la luz de emergencia del garaje se había estropeado una vez más, y tuve que llegarme hasta el conmutador alumbrándome con el encendedor. Pero no fue la luz general la que se encendió sino unos faros del coche. Supe después que eran dos hombres, pero en ese momento sólo escuché una voz modulada y tan amable que resultó infinitamente amenazante:

      —Debe de ser un cortocircuito... Por favor, perdone que no hayamos concertado una cita...¿puede acompañarnos?

      Reconocí al hombre de confianza y el chófer personal de la empresaria que había investigado .

      No les di la satisfacción de justificar su deseo de matarme, y respondí afirmativamente. Antes de entrar en su coche, y sin que se dieran cuenta, dejé caer al suelo mi DNI y mi carnet de prensa. No ocultaron sus rostros, parecía no importarles que los pudiera identificar, y eso me confirmó que no pensaban dejarme con vida. Sentí un terror helado

      —¿Adónde vamos?

      Doña Julia desea invitarla a desayunar con ella, sólo tiene ese hueco en su agenda. Le pido perdón en su nombre por lo intempestivo de la hora y por no haberle pedido cita de antemano.

      Aquel recurso a la ironía y a las buenas maneras de aquel asesino me recordó que existe un protocolo que incluía cierta amabilidad para con los condenados a muerte.

      Las calles estaban casi desiertas, mojadas por la lluvia que en esos momentos era aguanieve, y, a pesar de la calefacción, tuve escalofríos y me arrebujé en el abrigo tratando de controlar el temblor. Mi secuestrador se dio cuenta y dijo al conductor:

     ¡Suba la calefacción al máximo, y cierre bien esa ventanilla! Y pare en el VIPs para comprar los periódicos. Y dirigiéndose a mí: —Siempre pone la calefacción al mínimo, y aquí detrás hace frío.

      Su gélida amabilidad me hizo el efecto de una bofetada, y le respondí en el mismo tono:

      No sentiré frío demasiado tiempo.

      —No, ya se empieza a notar que ha subido la calefacción.

      Frenó el coche ante el VIPs, y bajó el conductor. Ni un guarda de seguridad, ni un policía afuera. Las puertas del coche estarían bloqueadas y cualquier intento de escapar sería inútil, pero enseguida volvió el conductor con los periódicos y encima de todos, los titulares de mi artículo me parecieron un hermoso y triste testamento, redactado sin saber cabalmente que me acarrearía la muerte. Y una ráfaga de orgullo me hizo sentirme reconfortada, porque yo había dejado claro quienes serían los culpables de mi desaparición.

      El tiempo es un concepto elástico, el viaje se me hizo eterno, y sin embargo, cuando llegamos a aquella mansión asomada a un acantilado, con la ciudad a lo lejos, reflejada en el agua, me pareció demasiado corto. Abrieron las verjas con el mando a distancia y, entre la niebla, los perros corrieron paralelamente al coche, adiestrados para atacar sin ladrar. Mis secuestradores no hicieron caso de ellos, y se quedaron en actitud de espera, exhalando vaho por las fauces, y fijando su mirada en mí, dispuestos a atacar a la mínima orden.

      Por aquí, por favor.

Y me señalaron la puerta que se había abierto antes de llegar, entregaron los periódicos al mayordomo uniformado, y se despidieron de mí con una leve reverencia. Una doncella con cofia y delantal impolutos, perfectamente almidonados, me pidió el abrigo, y me guió hasta un cuarto decorado con sobriedad, en el que estaba puesta la mesa para dos comensales. El mayordomo entró a continuación, dejó los periódicos en una mesa auxiliar, y me preguntó si tomaría té, café o chocolate, y si tenía predilección por alguna marca en especial.

      —Café. Gracias. Me da igual la marca, suelo comprar el que esté de oferta.

      No pestañeó. No respondió. Pero ella sí:

     —Con su talento no debería de preocuparse por su futuro ni por economizar en lo básico. Tenemos que arreglar eso.

      No me había dado cuenta de que estaba sentada en un sillón inmenso, de espaldas a nosotros, y cuando se levantó y vino a mí, sonreía con la mano extendida. Y yo, como una idiota, se la estreché. Hubiera sido bonito despreciársela, pero por automatismo, siempre acato las normas de urbanidad, y saltármelas representa un esfuerzo consciente que en ese momento no pude hacer.

      Estoy muerta de hambre. Anoche no cené casi nada. Tuve que asistir a uno de esos actos oficiales de la Embajada Británica, y tienen unos cocineros atroces.

      Nos sentamos a la mesa, y se lanzó a mordisquear una tostada entre gemidos de placer. Yo estaba bloqueada. Nos sirvieron dos camareros y se retiraron.

      Anoche me pasaron su artículo en pruebas de imprenta. Y me dije: tiene todo el talento del mundo esta periodista. ¡Es una lástima no conocerla, y le pedí a Gonzalo que lo solucionara.

      Yo respondí con un nudo en la garganta:

      Todo lo que he escrito es la estricta verdad.

      Oh, bueno, la verdad... ¿quién la conoce enteramente? No hay que obsesionarse con la verdad...De todas formas, me divirtió mucho, tiene detalles muy sabrosos, y se nota que es usted observadora. Por eso, le quiero hacer una proposición que creo que le interesará.

     —...¿Y que no podré rechazar? —dije recordando El Padrino

      Oh, sí, claro que puede rechazarla; pero... después de valorar las condiciones no creo que lo haga.

      Siguió desayunando con voracidad. Y de pronto me señaló con su dedo manicurado:

      —Usted no ha probado bocado. Ni siquiera ha probado el café. Espere, no se tome ese, ya estará tibio, voy a pedir  otra cafetera.

      Tocó la campanilla, y a los tres segundos entró el camarero con una cafetera humeante, y nos sirvió sin preguntar.

      ¿Cómo sabía qué es lo que le iba a pedir?
     
     
No soporto el café tibio, y siempre tomo dos tazas, recién hecho.—Y me sonrió— Es una de las cosas buenas que tiene el dinero: me permito el lujo de darme estos pequeños placeres. Y ahora dígame: ¿cuánto cobra usted en el periódico?

      Lo suficientemente poco como para dejar este mundo con algunas deudas...

     
Vive con un gato ¿verdad? A mí me gustaría tener un gato, pero paso tan poco tiempo en casa que el pobre se aburriría... Así es que tengo perros, porque suelen llevarse bien con el servicio. Los gatos no son tan demócratas, y sufren de estrés cuando se les da la compañía inadecuada ¿verdad?

      Había escuchado muchas tonterías en mi vida sobre gatos y perros, pero aquella explicación desbordó todas, y solté una carcajada. Ella rió también, y me dijo:

      Mire, me cae usted muy simpática, sabe reir, y eso es lo que me gusta más de una persona. Hay demasiada gente pomposa y seria. Vamos a ser buenas amigas. Y además usted me puede sacar de un atolladero horrible.

     
Quiere que desmienta la investigación que se ha publicado ¿no es eso? Lo siento, pero...

     
¡Oh, no, querida!¡Qué ocurrencia! Precisamente esa información es la que le permitirá cumplir con mi encargo: su director tiene la costumbre de invitar a sus periodistas estrella a cenar en su casa, y usted es la nueva revelación que querrá agasajar como se merece...

     
Perdone, no entiendo.

      —Su mujer enseña siempre sus diseños para la nueva colección a los invitados, y suele explicarlos pormenorizadamente... Quiero que me informe exhaustivamente sobre eso.

     
¿Quiere usted copiar sus modelos?

      —¡Todo lo contrario ! Quiero estar segura de no comprarme ninguna ropa que pueda recordar ni remotamente sus atroces diseños... ¡Ay, qué tarde es! Me tengo que ir ya... Mi chófer le acompañará adonde usted le diga.

      Me besó efusivamente, y se despidió dejándome en la mano el primero de los cheques al portador de 30.000 euros que me ha pagado. Y todo gracias a mis valientes artículos de investigación y denuncia. Perfectamente inútiles por lo demás.

Gatopardo, noviembre, 2006

27/04/2013 18:05. Editado por Gatopardo enlace permanente. RELATOS

Comentarios > Ir a formulario

gravatar.comAutor: Carmen

Muy bueno y divertido. Y ya sé de dónde sacó Rocasolano el comienzo de su libro, la escena de la visita del periodista. Lástima que no se diera cuenta también de la inutilidad de su investigación.

Fecha: 28/04/2013 16:25.


gravatar.comAutor: Gatopardo l'agüela a Carmen

Sí, yo también uso los calificativos de "bueno" y "divertido" en la sección "Crítica literaria" cuando no me quiero calentar la cabeza.

Ahora bien, la referencia culta al libro de Rocasolano en el mismo paquete no se me había ocurrido nunca.

Fecha: 29/04/2013 06:36.


gravatar.comAutor: Carmen a Gatopardo l'agüela

Es que los lectores, como la vida, damos sorpresas. Desde que se inventó ese tostón de la intertextualidad, las fuentes ya no fluyen, como antes, hacia abajo, son remolinos. Pero, una vez aceptada esta incoherencia ¿y lo bien que lo pasamos, qué? ¡Virgen del amor hermoso!, por un quítame de aquí esta influencia...

Fecha: 30/04/2013 09:04.


Añadir un comentario



No será mostrado.







Gatopardo

Es norma de Gatopardo,
si alguien se pone a tiro,
sea plebe, sea duunviro,
que no se escape sin dardo.
Si la víctima en cuestión
es melifluo y sin humor,
y persiste en el error,
va derecho al paredón.
Si es honesto ciudadano,
observador de la ley
y santurrón como buey,
le colgamos un campano.
Si mujer y sufridora,
y nos cuenta su diario,
que alegre su antifonario
y se haga acosadora.
Si tiene cierto interés
por mostrar carné y nombre,
que luego no se asombre
si recibe algún revés.
Bienvenidos los goliardos,
golfos, rebeldes y bordes,
mentes inmisericordes,
por apellido: Bastardos
Y que no nos den la lata
ni meapilas ni legales:
somos los Irregulares,
somos gente de Zapata.

Temas

Archivos

Enlaces

Bitacoras.com

TOP Bitacoras.com para México


Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris