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ROMANCE DEL CONDE DIRLOS

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31 EL CONDE DIRLOS

a)

Estábase el conde Dirlos
    en su palacio real,
deleitándose en vestir,
     deleitándose en calzar,
deleitándose en las armas
    con que había de pelear;
cartas le vinieron, cartas,
    cartas de grande pesar,
que está rodeado de Moros
     castillo de Montalbán.
La mujer deja muy chica,
    no cesaba de llorar:
—¡Ayer nos casamos, conde,
    y hoy ya nos quieres dejar!
Ya se sale el conde Dirlos,
    ya se sale, ya se va,
tras él salió la condesa
      una legua y más de andar,
palabras iba diciendo
    que al conde hacen llorar:
—¿Oh qué años, oh qué tiempos,
     conde, os tengo que aguardar?
—¡Calla, calla, la condesa,
no muestres tanto pesar,
    si a los siete años no vuelvo
o a los ocho a más tardar,
    si a los ocho no viniere,
a los nueve vos casáis.—
    Siete años estuvo el conde,
siete años estuvo y más,
    ganara siete castillos,
a puertas de una ciudad.
    Se cumplieron los siete años,
ya la tratan de casar.
    Una noche el conde Dirlos
allá lo vino a soñar.
    —¡Alto, alto, caballeros,
aquí no es tiempo de estar:
    niños dejamos en cuna,
hombres vamos a encontrar,
    quien tiene mujer bonita,
otro se la gozará!—
    Alza velas el navío,
se vuelven a su ciudad.
    Cuando llegara a sus tierras,
¿qué había de encontrar?
    Ha encontrado las sus vacas
demudada la señal.
    Preguntó por el pastor
y le respondió el zagal.
    —¿De quién es este ganado,
con ese hierro y señal?
    —Solía ser del conde Dirlos,
¡Dios le quiera perdonar!,
    ahora es del conde Alarcos,
¡no se lo deje gozar!
    Cuando era del conde Dirlos
vestía seda torzal,
    ahora con el conde Alarcos
ando de roto sayal.
    —Deténgase, el pastorcillo,
más le quiero preguntar:
    ¿dónde está aquel toro blanco
que entre ellas solía estar?
    —El toro blanco vendieron,
la mañana de San Juan,
     por él le dieron cien doblas
para las galas comprar.
    —Di si ha dormido con ella
o la trae a su mandar.
    —Ayer corrieron los toros
hoy les cocieron el pan;
    ahora será la hora
que velándolos están.—
    Metió la mano en el bolso,
una onza de oro le da;
    rienda le dio a su caballo
todo lo que puede andar.
    Cuando llegó a la iglesia,
ató el caballo a un rosal;
    tomó del agua bendita
y al coro se fue a sentar.
    La condesa, que lo vio,
a él se vino a abrazar:
    —Éste, éste es mi marido
y no el que me quieren dar.—
    Conde Alarcos, que lo oyó,
la fuera a abofetear.
    —¡Alto, alto, conde Alarcos,
no haya tanta libertad,
    tiempo que estuve con ella,
nunca le hice otro tal!
    Hemos de salir al campo,
por ver quién la ha de llevar.—
    La sacó de entre la gente,
como al pollo el gavilán.
   
Unos dicen: “Maten, maten”;
otros: “Dejadla llevar”.
    Todos dicen: “Conde Dirlos
que es su esposo principal”.

       A fines del siglo XV, hubo una “escuela” de cantores profesionales públicos que compusieron larguísimos romances juglarescos situando la acción de ellos en la afamada corte de Carlomagno. Para algunos de sus temas, echaron mano de tradiciones “carolingias” conexionadas con la literatura novelesca descendiente de la épica tardía francesa; pero, en otros casos, adaptaron a ese ambiente fábulas que nada tenían que ver con los personajes que hacían actuar en ellas. Es éste el caso del romance de “El conde d’Irlos” o “Dirlos”, con sus 1.366 octosílabos, en el que se “infla el perro” de un relato folklórico de tema odiseico hasta extremos increibles. Baste decir que la narración de la partida del conde a la guerra (con los dos motivos del pesar de la separación del conde y la condesa y el plazo de la ausencia, que en el texto aquí editado ocupan 18 octosílabos) se dilata hasta ocupar 266 octosílabos. No obstante, fue a partir de este texto juglaresco, impreso en pliegos sueltos desde comienzos del siglo XVI y reproducido encabezando el primer Cancionero de Romances, el impreso por Martín Nucio en Amberes, sin año (1548), como el romance se convirtió en texto de transmisión oral, adaptándose progresivamente al lenguaje poético tradicional, y se difundió por muy diversas comarcas, llegando a formar parte del Romancero del siglo XX.

       Entre los sefardíes de Oriente (Salónica, Lárissa, Sofia, Rosiori, Sarajevo, Belgrado, Adrianópolis, Estambul, Tekirdadg, Çanakkale, Anatolia, Esmirna, Rodas, Jerusalén, Beirut) y de Occidente (Tetuán, Tánger, Alcazarquivir, Larache) adquirió vida tradicional independiente la escena inicial, la de la partida, con omisión del resto, siguiendo el gusto, tan extendido en el siglo XVI, por los finales abruptos, inconclusos, frente a la estructura del romance-cuento:

b)

Cartas le vinieron, cartas,
   
del rey su tío carnal,
que se le armaron guerras,
     que le vaya a ayudar.
—¿De qué lloráis, blanca niña,
     mi alma, de qué lloráis?
—Lloro por vos, caballero,
    que os vais y me dejáis.
Me dejáis niña y muchacha,
     chica y de poca edad;
tres hijicos tuyos tengo,
    lloran y demandan pan.—
—Aquí tenéis cien ducados,
    para empezar a gastar.
—¿Para qué me basta esto?,
     para vino y para pan.
—Campos y viñas os dejo,
     que vendáis y que comáis;
y, si esto no os basta,
     empeñad media ciudad,
o vended mi nave armada
     sin meterla por la mar.
—Ya que os vais, caballero,
     decidme ¿cuándo tornáis?
—Si a los siete años no vengo,
     a los ocho, os casáis;
tomaréis un mancebico
    que sea mi parigual,
le daréis los mis vestidos
     sin sudar y sin manchar;
¡quien a vos tome, señora,
--mujer toma y capital!—
Ya se parte el caballero,
     ya se parte, ya se va.

      Pero, por otra parte, los sefardíes de Marruecos (al menos en Tánger) recordaron también el tema completo, en forma similar a la documentada en el Norte de España (en la montaña leonesa y en Cantabria), y en la Sierra de Béjar, donde, en 1946, 1948 y 1949, tuve ya ocasión de recoger, en Ribota (Sajambre), en Uznayo (Polaciones) y en Garganta de Béjar (Cáceres), algunas de las pocas versiones publicadas del romance tradicional de ”El conde Dirlos”. También se halla en El Bollo, en la Sanabria gallega, en Tras-os-montes y en Algarve. Dado que el viejo romance de “El conde Dirlos” no proporcionaba un desenlace adecuado para una narración no juglaresca, la tradición echó mano, en la Península, a recursos varios, acudiendo a menudo al tema análogo de “La vuelta del navegante”. Sólo en Tánger optó por un final abrupto, reducido al verso:

Embarcóse el conde Niño (‘Dirlos’)
y se volvió a desterrar.

Alza velas el navío,
se vuelven a sus ciudades,

al comprobar el conde, cuando retorna a su tierra, que su castillo o su ganado, que halla cambiados de señal, han pasado a ser propiedad de otro conde, a quien “Dios le quiera hacer mal”.
      El romance tradicional surgido del juglaresco conservaba, en un pasado no muy lejano, más motivos y expresiones dependientes del texto compuesto por un profesional del canto público que las documentadas en las muy escasas versiones de “El conde Dirlos” oídas por recolectores del romancero oral en el siglo XX. Nos lo evidencia el hecho de que algunas reminiscencias del texto juglaresco se hallen en versiones del romance de “La condesita”, del cual nos son conocidas cientos de versiones, ya que este romance (como a propósito de él dije) fue creado a partir de “El conde Dirlos” tradicionalizado, mediante la inversión de los papeles del conde y la condesa (esto es, haciendo que sea la condesa quien llega a tiempo para interrumpir la nueva boda del conde en tierras lejanas). Baste aquí citar como muestra la presencia en unas cuantas versiones de “La condesita” del motivo expresado en los octosílabos 71-72 y 101-106 del romance juglaresco:

—Mas, si vos queredes, conde,
    yo con vos quería andare...
—Bien es verdad, la condesa,
     que comigo vos queria levare,
mas yo voy para batallas
     y no cierto para holgare;
cavallero que va en armas
     de muger no deve cuurare,
porque, con el bien que os quiero,
     la honra havría de olvidare.

      En 1947, hallé ese motivo en varias versiones de “La condesita” oídas en Villatoro (Ávila) y lo he podido documentar asimismo en otras de San Ciprián de Sanabria, Uña de Quintana (Zamora), Villasimpliz y Porquero (León). En esas varias versiones se dice, más o menos, así:

—Contigo me voy, buen conde,
     contigo me has de llevar.
—Eso sí que no, condesa,
    eso me has de perdonar,
que hombres que van a la guerra
     con mujer no han de tratar,
que se nos quitan las fuerzas,
    las ganas de pelear.

Diego Catalán, publicado en el Romancero de la Cuesta del Zarzal

01/05/2014 14:01. Editado por Gatopardo enlace permanente. DIEGO CATALÁN

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