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ROMANCE PENITENCIA DE RODRIGO

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32 PENITENCIA DE RODRIGO

Don Rodrigo estaba malo,
   cama de rosas tenía,
la Muerte a su cabecera
   haciéndole compañía.
—Por Dios te pido, la Muerte,
   año y medio más de vida.
—Sólo te dejo, Rodrigo,
   hora y media no cumplida.—
Por el Val de las Estacas
   va Rodrigo en aquel día,
relumbrando van sus armas
   como el sol de mediodía.
Bajó unas vegas abajo,
   subió unas sierras arriba,
donde cae la nieve a copos
   y el agua menuda y fría,
donde canta la culebra,
   la sierpe le respondía,
y se encontró a un ermitaño
   que vida santa allí hacía.
—Por Dios te pido, ermitaño,
   por Dios y Santa María,
que me digas la verdad
   y me niegues la mentira:
el que duerme con mujeres
   si tiene el alma perdida.
—El alma perdida, no,
   no siendo hermana o prima.
—Ésa fue la mi desgracia,
   ésa fue la mi desdicha,
que dormí con una hermana
   y una prima que tenía.
Confiésame, el ermitaño,
   por Dios y Santa María.
—Confesado ya estás, hijo,
   yo absolverte no podía;
el que duerme con hermana
   se condena en la otra vida.—
Estando en estas razones,
   una voz del cielo oía:
—Absuélvelo, confesor,
   absuélvelo, por tu vida,
y dale de penitencia
   conforme lo merecía.—
Lo metiera en una tumba
   con una culebra viva,
de siete varas de largo,
   siete de cola tendida;
la culebra era muy brava,
   siete cabezas tenía.
El bueno del ermitaño
   tres veces iba allí al día:
una iba a la mañana,
   otra iba al mediodía,
otra iba por la tarde
   cuando oscurecer quería.
—¿Cómo te va, penitente,
   con tu mala compañía?
—La compañía era buena,
   mejor que yo merecía.—
—¿Cómo te va, penitente,
   penitente aventajado?
—Vame bien, que la culebra
   a comerme ha comenzado,
ha comenzado a comerme
   por donde más he pecado.
Ya me llega al corazón,
   que era lo que más sentía,
si me quieres ver morir,
   trae una luz encendida.—
Campanas de siete torres
   de par en par se tañían.
¡Dichoso del penitente
   que para el cielo camina!

     
 La penitencia del rey don Rodrigo, encerrado con una culebra en su fosa, es un tema tardíamente incorporado a la leyenda hispano-arábiga de “El conde don Julián y la invasión musulmana de España”.

       Esta leyenda, inicialmente documentada en autores que escriben en árabe y piensan dentro de la tradición árabe, llegó a la literatura cristiana por influjo de la historiografía de al-Andalus sobre la historiografía del Norte de la Península, primero escrita en latín y luego en lengua romance. Pero, una vez arraigada en ella, a los componentes procedentes de la cultura árabe, se fueron incorporando otros de origen cristiano. A mediados del siglo XIII, cuando el erudito arzobispo de Toledo don Rodrigo Ximénez de Rada compuso su historia De rebus Hispaniae, su narración del fin del reino godo heredaba ya una compleja y vistosa suma de “motivos” legendarios que habían ido agregándose al tema y entrecruzándose a lo largo de sus muchos siglos de vida historiográfica en árabe y en latín. Sin embargo, la conversión de la leyenda en una novela de amplio desarrollo sólo vino a tener lugar como resultado de una nueva utilización de un texto árabe (el viejo “Ajbar muluk al-Andalus” de Ahmad ibn Muhammad al-Razi, escrito en el siglo X) por la historiografía portuguesa de comienzos del siglo XIV en la llamada Crónica do mouro Rasis, y, a partir de esta obra, en la, también portuguesa, Crónica geral de Espanha de 1344 y en la Crónica sarracina de Pedro de Corral, fechable en 1443. En esta última obra y en otros textos historiográficos independientes de ella que se escalonan entre 1390 y el último tercio del siglo XV, es donde, tras un cierto tiempo de vida latente, hace su aparición el sub-tema de la penitencia del rey Rodrigo.

       Al éxito de la crónica novelesca de Corral, muy difundida en manuscritos y por la imprenta del siglo XV, se deben los más de los romances referentes al rey Rodrigo del Romancero viejo. En ellos son patentes los elementos narrativos basados en la lectura de la Crónica sarracina.

       Entre los textos publicados por la imprenta en el siglo XVI, que versifican episodios o escenas narrados por Corral, se halla un largo romance de 116 octosílabos, incluido en diversos Pliegos sueltos y Romancerillos, referente a la suerte del rey Rodrigo después de haber perdido España. Aunque simplifica la serie de episodios ideada por el cronista, abundan en el romance los recuerdos directos y coincidencias de detalle que vinculan su narración a la de la novela histórica de 1443.

       El romance tradicional del siglo XX desechó de la larga narración juglaresca, que nos conserva la imprenta del siglo XVI, su episodio inicial, referente a un primer encuentro del rey con un pastor, y se centró en el de mayor dramatismo. Su dependencia textual respecto al texto juglaresco es indiscutible y el proceso de adaptación a una estructura y a un lenguaje poético propios del romancero de tradición oral es similar al de tantos otros romances con antecesores letrados; pero es curioso observar que en las versiones de la tradición oral moderna se detectan varios y muy precisos recuerdos de la narrativa de Corral que el romance juglaresco impreso en el siglo XVI no recogía (la culebra tiene varias cabezas; el sufrido penitente declara al ermitaño que le va “bien, gracias a Dios, y mejor que él merecía”; la culebra, “pasado medio día, ...le llegó a las telas del coraçón, e dio luego su espíritu”; “en aquella ora que el espíritu dio, todas las campanas del lugar fueron movidas por sí mesmas”). ¿Hubo un texto previo al del romance juglaresco al cual remonte la tradición oral? o ¿siguió actuando la lectura de la Crónica sarracina como fuente de innovaciones en el curso de la vida tradicional del romance? Está claro que, sólo una vez perdida la memoria histórica sobre el pecado del Rodrigo a quien el ermitaño impone, por mandato divino, la bárbara penitencia, pudieron producirse innovaciones como la de justificar esa penitencia con el “crimen” del incesto confesado por el Rodrigo indeterminado que teme condenarse en la otra vida, esencial en el romance tradicional moderno. Pero, por otra parte, sabemos que, en tiempos de Cervantes, dueñas como la Rodríguez y escuderos como Sancho sabían ya el romance con variantes surgidas por tradición oral ajenas al viejo texto impreso; y que en una de esas versiones constaban los versos:

Ya me comen, ya me comen
--por do más pecado avía,

variante en que se resume, con brevedad tradicional, lo narrado en el romance juglaresco diciendo:

Dios es en la ayuda mía
--—respondió el rey don Rodrigo—
la culebra me comía,
--cómeme ya por las parte
que todo lo merecía,
--por dónde fue el principio
de la mí muy gran desdicha,

que (con cambio de asonante) aún pervivía en el Romancero del siglo XX, según recoge la versión aquí publicada:

ha comenzado a comerme
-- por donde más he pecado,

diciseisílabo basado en una versión oída en Las Médulas (en El Bierzo) por Víctor Said Armesto, en setiembre de 1905, a las labradoras Celestina y Ana María Ramos (de 78 y 35 años). El proceso de incorporación de la narración romancística letrada, inspirada en la crónica novelesca, a la poética del Romancero oral tuvo, por tanto, muy diversas etapas.

      La descontextualización histórica de la penitencia, según el testimonio cervantino, no se había producido entre los cantores populares del romance en 1615. No ignoraban que el penitente era el rey que atrajo sobre su pueblo la ira divina, materializada en las huestes sarracenas vencedoras de los cristianos en Guadalete. En la tradición oral del siglo XX  el tema  pervive en el Noroeste de la Península (en Tras-os-montes, Sanabria, El Bollo, El Bierzo, Lugo, Asturias y la montaña leonesa) y en Chile, pero ya nadie relaciona al penitente con tamaño pecado, y nadie tiene noticia de que el Rodrigo encerrado con la culebra hubiera sido rey, a excepción de una solitaria versión de Vinhais, en Tras-os-montes. Como consecuencia de ello, la confesión con el ermitaño, heredada del romance letrado, necesitó una visualización escénica que los transmisores del romance supieron desarrollar, recurriendo a motivos y materiales descriptivos, de procedencia muy dispar, que les proporcionaba la poética tradicional. En mi versión, se hacen presentes varios de ellos, en que el erudito puede reconocer la influencia generativa de otros romances, pero que, en la tradición oral de “La penitencia de Rodrigo”, funcionan como tropos. Gracias a ellos, el viejo tema de la penitencia con la culebra es un poema, no una reliquia.

Diego Catalán, publicado en  Romancero de la Cuesta del Zarzal

12/11/2014 03:46. Editado por Gatopardo enlace permanente. DIEGO CATALÁN

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