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ROGER WYBOT Y EL CASO WESTON Y BRAUN (1)

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A Javier Coria

Everything is true, except for the facts. A. T. Cholerton

I. Il pleut, il pleut bergère 

      Los asesinatos ocurrieron en la última semana de enero de 1955, en Barcelona y Boulogne-Sur-Mer. Aquel enero se recuerda como uno de los peores del siglo XX. Tormentas de nieve, huracanes y hielo azotaron Europa y al deshielo se sumó un diluvió que duro casi cuarenta días. No hubo día sin naufragio, sin población sumergida por las aguas o sin cadáveres dando tumbos por los ríos. El 16 de enero, hacía las 2 de la tarde, cayó sobre Londres un manto de oscuridad total. Los mismos ciudadanos que habían aguantado impertérritos el Blitz, además de los enconados esfuerzos del gobierno británico y Porton Down por fumigarlos con venenos varios, perdieron, por fin, la compostura. Hubo ataques de histeria y algún patatús de patriotas que creyeron que había llegado el Armagedón comunista. La nube de partículas de carbón se fué en media hora (1).

      El corresponsal de ABC en París, presa de un delirium tremens retórico, llamaba al Sena "la serpiente fluvial de Lutetia" y seguía, metro a metro, la subida del cauce, la inundación de los puentes y los barrios, apilando adjetivos y perífrasis mientras otros apilaban sacos de arena. Del 23 al 26 se dieron los picos más altos de la riada que alcanzó los 7.30 m. sobre el nivel normal. En un viejo documental vemos que el presidente Mendes-France, con cara de frío y lástima, sobre todo de sí mismo porque su gobierno estaba en un estado más ruinoso que Paris, presenta sus condolencias a un puñado de afectados. Junto a él, Mitterrand, su ministro de Interior, intenta dar lustre a la bufanda de jubilado que lleva alzando el mentón a lo Mussolini (2).

      En el Quai des Orfèvres, Maigret estaba cabreado por muchas razones. Por la oscuridad que llegada al mediodía para quedarse, por la humedad que rezumaban las paredes de su despacho, por la estufa que calentaba pero no acababa de secar el abrigo que había colgado al llegar. Y porque no había dormido bien. A Madame Maigret le dolía una muela y había pasado la noche callada, sufriente y despierta. La vigilia había sido interminable, sólo con el ruido de la lluvia y de algún despistado chapoteando por las aceras de Richard Lenoir. La primera pipa del día se había apagado al minuto. Y no había trabajo: papeles y problemas, sí, pero ni un solo caso que le llevara fuera de aquella olla de vapor y aburrimiento. Una turista inglesa, había desaparecido de su hotel. dejando como único rastro la habitación llena de botellas de ginebra vacias. Todos los días llamaban desde Londres para saber cómo iba la búsqueda.

       Si exceptuamos las veces que han ido a ganarle las guerras a los franceses, podría decirse que los británicos tienen una enconada afición a molestarlos, sea dejándoles el país lleno de cementerios, sea criticando el desayuno continental, sea plantando cadáveres en la puerta, como el perro del vecino que te caga en tu jardín. Apareciera viva o muerta las explicaciones no iban a convencer a la prensa británica, que había hecho de la desaparición un novelón donde se refocilaban con gusto de la incompetencia de la policia francesa y los peligros de Paris.

      Joseph, el conserje, no se había atrevido a decirle a Maigret la peor de las noticias del día: las gabarras que llevaban el carbón estabán amarradas y parte del carbón del sótano se había anegado. Maigret era un alma campesina que fundamentaba las certezas de la vida en la rutina: su mujer, su estufa y su pipa. Si fallaba alguna, que Dios o el Diablo nos protegiera de su cólera jupiterina.

       A unos cientos de metros, en el 11 de Rue des Saussaies, Roger Wybot tenía estufa electrica, fumaba un cigarrillo, leía un informe con absoluta concentración y no se le conocía ni se le conocería hembra que le distrajera de sus pensamientos. En el año 55, Wybot tenía 43 años, llevaba 10 comiendo bien. El eterno joven enjuto que había creado la DST iba entrando en carnes. Conservaba el aire erguido de la milicia y la corta estatura, pero la mirada franca y fija de la juventud había desaparecido. Tenía bolsas de insomnio y los párpados a media persiana. Algún tremendista diría que no podía soportar la miseria humana en todo su esplendor. Pero Wybot, que siempre gustaba de ir peinado, planchado y maqueado, tenía más la mirada calculadora y apreciativa de un chulo de Pigalle que de un Segismundo. Con la vejez adquirió el tipo y mal encare de un sapo. Siguió siendo presumido y los experimentos de su peluquero con el tinte, lamentables.

      Wybot fue el mejor jefe de contraespionaje que hubo en Europa en el siglo XX. Era inteligente y sabía su oficio. No se invistió de cruzado de ninguna causa, no se dejó seducir por sus aliados ni se cegó en el análisis de sus enemigos. Sólo cometió tres pecados: el peluquero, el sastre y su biografo, Philippe Bernert. Bernert es de la misma escuela retórica que el guionista de Fanfan La Tulipe y se empeña en hacer de Wybot un Fanfan "intrépide, fougueux, effronté et généreux". La elocutio elegida son triadas de sinónimos que caen sobre el lector con la insistencia de una gota china durante 543 páginas. Hay ocasiones —yo supongo que Bernert abusaba de la absenta o algún espirituoso de alta graduación— en que hace hablar a Wybot como a Caperucita: "L’ami de Passy est à la fête. Je le devine tendu, excité, affamé comme un loup, sûr de me tenir enfin à sa merçi" (3)

     Hay algo que la guerra arrebata del alma al ser humano para siempre: el abandono a las emociones. Wybot, "le petit Warin", "Olivier", inició ese camino sin retorno con 29 años, a manos del jefe de la policía secreta de Vichy, Paul Paillole (4). Nada nos contó en sus memorias de la tortura que sufrió, sólo que fue un interrogatorio más "riguroso". Pero sí nos describió el momento en que Paillole le escupió con sorna que Pierre Fourcaud (5), el jefe de la célula de la Resistencia en que Wybot militaba, era un corrupto. Wybot no habla de lo que sintió por la traición. Posiblemente, ya viejo, había olvidado sus sentimientos. Sabemos que Fourcaud se convirtió en un caso más para analizar, otro capitán de desesperados, que entregaba a sus agentes a la Gestapo por codicia, cobardía o pura imbecilidad. Cuando Wybot se sentó en el sillón del interrogador se convirtió en el monstruo bifronte que buscaba en todos los seres humanos. Sus explicaciones psicológicas sobre las confesiones de los detenidos delatan al aficionado a Simenon. La realidad fue más roma: tunda de palos y una pluma para firmar la declaración voluntaria. Si el detenido pertenecía al gobierno o a la clase bien con tenerlo despierto fuera de hora impregnándose de la mugre del lugar, bastaba.

     Aquel 30 de enero de 1955 era domingo. Wybot estaba en su despacho, callado como un somormujo, leyendo un informe. El informe no trataba de Marruecos, ni de Argelia ni siquiera de Jean Mons o Emmanuel D’Astier, agentes soviéticos y santones de la Resistencia que se le habían escapado por las alcantarillas del poder en la investigación de las filtraciones del Consejo de la Defensa. Wybot tenía mordida de fox terrier, pero, como todos los fox terrier, era maleducado y poco obediente a los amos. Es posible que la Marianne le agradeciera sus servicios a Francia, pero presidentes y primeros ministros lo habrían guillotinado con gusto. No sé si Wybot, gaullista confeso, acortó la vida del general De Gaulle, pero sí estoy seguro de que, desde el momento en que De Gaulle conoció a su seguidor, aumentó el numero de berrinches, soponcios y sofocones a los que esa mediocridad megalomaniaca era tan dado. Eso es de agradecer.

      En ese momento, no era De Gaulle, sino Mendes France y su gobierno, además de Policia y la Sureté los que habían quedado con el culo al aire gracias a los buenos oficios de Wybot. Allá en las colonias de Ultramar, el ejército y las autoridades coloniales, por no hablar de independentistas y gauche caviar, maldecían las entrañas que lo habían traído a este mundo. Es decir que incluso para alguien tan puntilloso como Wybot en crearse el mayor número de follones y enemigos en el menor espacio de tiempo, distracción no le faltaba. Por eso es extraño que pasara ese fin de semana lejos de la chimenea de su casa siguiendo la suerte de dos espías británicos a los que habían dado matarile en dos hoteluchos de Boulogne-sur-mer y Barcelona.

II. Enemigos íntimos

Hacker: Anyway, the Americans will always protect us from the Russians, won’t they?
Sir Humphrey: Russians? Who’s talking about the Russians?
Hacker: Well, the independent deterrent.
Sir Humphrey: It’s to protect us against the French!
Hacker: The French?! But that’s astounding!
Sir Humphrey: Why?
Hacker: Well they’re our allies, our partners.
Sir Humphrey: Well, they are now, but they’ve been our enemies for the most of the past 900 years. If they’ve got the bomb, we must have the bomb!
Hacker: If it’s for the French, of course, that’s different. Makes a lot of sense.

(Yes Minister: "The Challenge")

      He hablado de dos espías británicos, aunque no habría quedado claramente acreditada la profesión, si los servicios secretos no se hubieran apresurado a desmentirla. Los espías pueden ser cualquier cosa menos discretos y si lo son, sus jefes se encargan de montar una escandalera para protegerlos de las preguntas indiscretas que nadie ha formulado. En cualquier caso, un cadáver con las etiquetas del traje cortadas, una serie de cachivaches y tiliches que van desde una estilográfica-pistola-con-dispensador-de veneno hasta brújula-con-radio-transmisor-y grabador-activado por voz, a más de un epistolario con fotos que certifican la identidad, por si hay dudas sobre la documentación pergeñada del sujeto, es la carcasa de un agente transmigrado.

      La SDCE, que suele contratar matones del milieu para estos menesteres, se despide a la francesa del muerto, sans adieu. Los anglófonos, si no pueden conseguir el crucigrama de The Times del día, dejan un verso de algún poeta insigne o una frase enigmática. Sólo entonces ils filent à l’anglaise. El Misterio del Hombre de Somerton (o Caso Tamam Shud) es un clásico del género. Durante la Guerra Fría, asesinar disidentes, comunistas, espías o vecinos molestos se denominó "acción ejecutiva" si procedía del bloque occidental. Más allá del Telón de Acero se hablaba de Mokryye Dela o "trabajo mojado" porque se derramaba sangre. Hasta que alcanzaron cierta destreza con el uso de venenos, los directorios soviéticos encargados de "tareas especiales" gustaban de armar la trapisonda antes, durante y después de las ejecuciones. La imagen de cuatro gorilas del KGB abrazando al tovarich respondón y metiéndolo en el Gaz Pobeda sólo era el preludio de una desmesurada tortura y una truculenta ejecución con muchos tiros e insultos. Sólo Alemania ha gustado de esos abrigos de cuero negro y modales tabernarios en sus esbirros. El europeo civilizado no entiende semejante manca di finezza:

      Aquel hombre me deseperaba. No tenía yo la menor objeción a que pasara el tiempo planeando matanzas contra la burguesía, pero no acertaba a comprender por qué no podía hacerlo con una sonrisa radiante y animosa.  (P.G Wodehouse, Gracias Jeeves)

      En ese sentido nos escandalizó el asunto Litvinenko. Mal está que los enemigos vayan a tu casa a arreglar cuentas con sus traidores, pero dejarlos a medio matar y, en el proceso, pringar de radiación de polonio a un puñado de súbditos británicos es un lavoro grossolano.

       Nuestros espías, Samuel Braun y Ernest Weston, fueron británicos asesinados por británicos. Yo lo creo y Wybot lo sabía.

     Al estar implicados servicios de información y organismos estatales siempre viene a la cabeza los términos de suicidio y suicidio inducido. Ernest Weston era un guiri dipsómano que gustaba de camareros y demimondaines del Barrio Chino y Braun un viajero con un maletón lleno de ropa que delataba sus pocas ganas de morir. "La policía se pregunta: (...) ¿Por que iba a llevar alguien que pretende suicidarse una maleta con 14 pares de calcetines, 20 camisas y cuatro trajes?" (Margaret Shipley "MI5 joins 3-nation Spy probe", Sunday Chronicle 6-2-1955).

      Además ni Weston ni Braun presentaban tiros en la espalda, ni arma sin huellas digitales, ni subieron zombis de escopolamina a tirarse desde un decimosexto piso, ni se metieron en una bolsa de golf después de muertos, ni se ahogaron en un río con agua del grifo, características imprescindibles para hablar de suicidio de estado.

      Respecto al suicidio inducido, sólo conozco el caso de Sócrates, según Platón, que era bastante crédulo y se tragó las patrañas que le contó Fedón de Ellis y no se informó de los síntomas reales de la muerte con cicuta, pero así eran los socráticos, mediterraneos de mucho hablar y poco observar. También recuerdo el de Séneca el Joven, que se cortó las venas y, como no le pasó nada porque era un individuo gordo y sanguineo en exceso, tomó cicuta, que le sentó como un poleo menta y al final sólo un baño caliente lo mató.

      Weston y Braun murieron la noche del sábado, 29 de enero de 1955 * envenenados posiblemente con barbitúricos. El día 27, jueves, Samuel Braun volvió al Nouvel Hôtel de Boulogne-sur-Mer a las 10 de la noche. Al mediodía del 28 una camarera lo encontró en su habitación en coma profundo. Fue llevado al hospital donde permaneció en ese estado hasta la noche del 29 que falleció. El día 29, Ernest Weston, que era de hábitos noctámbulos, volvió de madrugada a la Pensión Anita. A las 8 de la noche el servicio ** lo encontró a medio vestir o a medio desnudar, sobre la cama y en coma profundo. El médico de urgencias diagnosticó envenenamiento por sustancia tóxica y ordenó su traslado al Hospital Clinico de Barcelona donde falleció a las 23’45 de ese mismo día.

     Es decir primero envenenaron a Braun y después a Weston, pero Braun tardó más en morir y lo hicieron los dos casi simultáneamente separados por una distancia de 1000 kms. Pudo ser un solo agente el que realizara las dos ejecuciones porque tuvo tiempo para desplazarse desde Boulogne a Barcelona.

      Hubo otras coincidencias, unas inventadas, otras amañadas, que se adujeron para explicar por qué las policías de España, Francia, Reino Unido, Alemania y Austria, además de sus servicios secretos, habían mostrado interés por estos individuos:

      1. Ernest Weston y Samuel Braun habrían sido vistos juntos cruzando el Canal de la Mancha a bordo del vapor Canterbury la tarde del 25 de enero. En Calais se separaron *. Esto es falso e inverosímil. De acuerdo con el pasaporte de Weston y las indagaciones de la Policía española, Weston estuvo en España desde el 15 de Diciembre sin salir del país y a partir del 21 estuvo localizado en la Pensión Anita**. Respecto a Braun, le habían robado el pasaporte y no había fotos entre las pertenencias que había dejado, luego el testimonio de los testigos (si los hubo) no tenía fiabilidad alguna. No se presentó lista de pasajeros del Canterbury donde tendrían que haber aparecido los nombres.

      Esto último, en realidad, no era tan fácil. Ernest Weston pasó por la apisonadora fonética de los periodistas españoles, la de los compadres borrachos de la calle Escudellers y la de alguien de ABC en Sevilla, que había adelantado la Feria de Abril, y quedó que no lo reconocía ni su madre ni el cura que lo cristianó: Westen Ernest, Samuel Westera, Wester Ernest, Ernest Western fueron los nombres que este pobre espía tuvo en España, sin proponérselo. El Foreign Office también se sumó al bautizo y añadió otro nombre: Ernest Davis ***. El pasaporte y el registro consular de su fallecimiento lo etiquetan como Ernest Weston, pero da igual. No hay rastro de semejante británico, nacido en 1907, natural de Birmingham e ingeniero, en censos, registros parroquiales, listas de reclutamiento, hacienda y otros nidos donde los ciudadanos dejamos huella. Weston le contó a un camarero, Ángel Masdeu, que había trabajado en un hotel de Londres *. Efectivamente, existió un Ernest Weston, espía y que trabajaba en un hotel: era un personaje de la novela News of Paul Temple de Francis Durbridge. Las historias del detective Paul Temple fueron emitidas por BBC radio durante los años 50 y gozaron de enorme popularidad en el Reino Unido.

      El nombre de Samuel Braun también sufrió los avatares de la prensa española, pero en menor medida: sólo se cambió el apellido en Brown y Baraun. Hay lío con su nacionalidad porque las autoridades y la prensa británica dijeron que era "húngaro nacionalizado británico". Los documentos que publico aquí dicen que era checoslovaco y nos cuentan algo de su familia y orígenes: El Certificado de Naturalización AZ 36677, Home Office No B. 20893, emitido el 23 de diciembre de 1947, reconoce al solicitante como "Samu, también conocido como Samuel Alexander Braun", nacionalidad checoslovaca, nacido en Dunatska Streda, Hungria, el 21 de enero de 1900, hijo de Mark Braun (húngaro) y Antonia Braun (checoslovaca), estado civil: soltero, por disolución de matrimonio, domiciliado en 14, Eden Terrace, Londonderry, Irlanda del Norte, de profesión director gerente.

      Los registros de la Shoah nos cuentan qué pasó con su familia:

     Su madre Antonia o Antonie, hija de Yisrael y Leah Erlikh, viuda de Mark Braun, nacida en 1876 en Dunajska Streda, Czechoslovakia con residencia en Bratislava, Slovakia,Czechoslovakia murio asesinada en Auschwitz, Polonia.

      Su hermana Deborah o Devra Braun, soltera, nacida en 1898, de profesión empleada, murio asesinada en Auschwitz, Polonia.

      Su hermana Hilda Braun, nacida en 1902, soltera, profesora, murio asesinada en Bergen Belsen, Alemania.

     Su hermana Yolan fue la única que sobrevivió al campo de exterminio de Bergen Belsen. Aparece en las listas de judíos supervivientes trasladados a Allendorf, Alemania (Frauen aus Allendorf suchen,’ AUFBAU, (8 Jun 1945) Volume 11, Issue 23. Fue quien solicitó la inscripción , en marzo de 1956, el nombre de su madre y hermanas en el registro de víctimas del holocausto.

      Dunatska Streda es la forma inglesa de Dunajská Streda en eslovaco, Dunaszerdahely en húngaro o Niedermarktis en alemán. La ciudad, situada al sur de Eslovaquia pertenecía al Imperio Austrohúngaro cuando Samuel Braun nació en 1900. El 1919 pasó a formar parte de la recién nacida Checoslovaquia y sus habitantes adquirieron esta nacionalidad. En el Primer arbitraje de Viena (1938), esta parte de Checoslovaquia fue cedida por el Reich a su aliado Hungría. Dunatska Streda perteneció a Hungría hasta 1945, en que los aliados la devolvieron a Checoslovaquia. Es decir o hubo un error en el pasaporte británico de Braun o se desinformó conscientemente. Las autoridades británicas tenían acceso fácil al documento de naturalización y ésta había aparecido en la London Gazette el 13 de febrero de 1948. No había nadie con nombre parecido que se prestara a confusión. Y en la fecha de expedición del pasaporte, Dunatska Streda era checoslovaca. La Vanguardia dice que "Se sabe de Alexander Brown (sic) que se presentó en la referida pensión de Boulogne diciendo que era húngaro, aseveración que apoyó exhibiendo su pasaporte" (La Vanguardia, 4 febrero 1955, p. 14). El estilo pompier, cuya fuente es, indudablemente, un atestado policial, me deja un poco perplejo. No me puedo imaginar a Braun, cuya familia había sido enviada al exterminio por los húngaros y que, hasta los 18 años, había padecido varios pogromos de los mismos, reivindicar semejante nacionalidad, ni por qué ni a cuento de qué le dio el pronto del patriotismo magyar con el empleado del hotel. Es el añadido superfluo que suele acompañar a una mentira. Pero este subterfugio nos hace más verosímil el siguiente mensaje: "Se sabe también que el interfecto había pertenecido a la organización de evadidos residentes al otro lado del telón de acero. Ello coincide, al parecer, con declaraciones del interesado en las que manifestaba tener contactos con habituales de los países satélites y que era conocido por los servicios de información occidentales" (La Vanguardia, 8 febrero 1955, p. 17).

    Un viejo director de colegio al que Wybot tenía que responder de sus fechorías le dijo un día: Warin, responda sí o no a mis preguntas. Cuando explica se condena.

      Wybot no habría dado tantas versiones, tantas causas y tantas explicaciones ante un cadáver molesto. Sobre todo en este caso: las autoridades británicas no confirmaron legalmente la identidad de Braun, porque su pasaporte había desaparecido y ellos no buscaron el duplicado que guardaban; pagaron el enterramiento en el cementerio de Boulogne, pero su tumba no lleva nombre y no registraron el fallecimiento ni como Samuel Braun ni como desconocido en el Registro Consular. Enviaron agentes del MI5, MI6, Scotland Yard y el Foreign Office a meter las narices en la investigación francesa y pagaron un entierro de alguien por el que no tenían gran interés en saber su nombre o su nacionalidad.

      Sin embargo de este perfecto desconocido "se sabe" que está implicado en la red de evadidos del Este. Braun, del que se dice que "Jamás sostuvo conversación con nadie y vivía de un modo solitario" (La Vanguardia, 4 febrero 1955, p. 14) va contando que tiene contactos con servicios de espionaje comunistas y occidentales. O era un fantasma, en cuyo caso no era necesarío eliminarlo, o tenía el mecanismo de sobrevivencia de los dodos. Las redes de evasión de la posguerra y las de la guerra fría, entre las que se incluían las ratlines de los nazis, estaban controladas por los servicios de inteligencia militar, principalmente estadounidenses y británicos. Con ellos cooperaban las policias y ejércitos de otros países. Las operaciones eran diseñadas por la inteligencia militar y requerían militares de frontera, cuerpos especiales del ejército, documentación genuina expedida por autoridades aliadas u organizaciones obedientes (Cruz Roja o UNRA), etc. Los agentes, informantes y colaboradores eran reclutados entre delincuentes y criminales de guerra de todo pelaje y origen que estaban recluidos en los campos de prisioneros y en los campos de refugiados. Celo anticomunista era el único requisito que se exigía. Los grupos de evasión nazis fueron subsumidos rápidamente por los aliados y se unieron de forma entusiasta. Además recibían dinero, protección y via libre para el contrabando. En estas operaciones, los servicios de inteligencia "civil" (MI6, CIA y SDEC) jugaron un papel igual de sucio pero muy secundario y sus iniciativas eran consideradas por los militares como intromisiones y, a veces, como imbecilidades de aficionado. Esto explica, por ejemplo, que muchas veces, la CIA o sus predecesores anduvieran tras la pista de individuos que estaban en manos de interrogadores del ejercito americano.

      Las oleadas de refugiados que huían de la represión comunista por razones legítimas fueron admitidas de acuerdo a una estrategia política y militar de propaganda y recopilación de información. Cuando se vieron con cientos de miles de personas sin especial conocimiento sobre las industrias o arsenales químicos soviéticos y los que sabían algo a los tres meses ya estaban amortizados, cambiaron el paso y concluyeron que lo más efectivo era financiar y dirigir guerrillas de nacionalistas, mercenarios nazis y otros venados en territorio comunista. Aquí ya intervino la CIA, el MI6 y, a la hora de recibir la medalla de la incompetencia, los militares se mostraron generosos y cedieron el protagonismo a los servicios civiles.

      Por tanto, cualquier agente o sabandija que se moviera en esas redes, con fines políticos, monetarios o altruistas, estaba fichado y sus movimientos seguidos. Los Harry Lime reales traficaban con la penicilina proporcionada por el ejército y gozaban de la protección de la policía. Si Samuel Braun formaba parte de las redes de evadidos, existía un amplio dossier sobre sus actividades. En 1947 el MI6 estaba dedicado a volar con minas magnéticas barcos que iban a llevar refugiados judíos a Palestina (Operation Embarras). Braun era judio y a un judio no se le daba la nacionalidad británica si no era aún útil al Gobierno británico. En el orden de cosas, las razones humanitarias no eran prioritarias en el gobierno laborista de Clement Attlee, como demostró en el archicomentado caso del SS Exodus. En 1955 Samuel Braun, si vivía o trabajaba en Viena, como se dijo, estaba, como poco, en los ficheros americanos, británicos, franceses, soviéticos y austriacos. El "se sabe" sólo pudo tener como única fuente a los servicios de inteligencia. Si esto era verdad, la filtración vino no del MI6, que lo tendría a su servicio, ni de la inteligencia militar, que no filtraba nada, sino del MI5 y su aliado la DST. Si esto era mentira, la desinformación también vino del MI5 porque Wybot no cooperaba con el MI6.

      Las amistades y enemistades de Wybot con los servicios de inteligencia británicos se forjaron en la Segunda Guerra Mundial. Wybot sólo estuvo un año en Londres, pero, en ese tiempo, transformó el Service de Renseignements, que era una suerte de radio macuto de los exiliados, en una unidad de contrainteligencia y contraespionaje de gran eficacia: el Bureau central de Renseignements et d’Action (BCRA), dirigido por Passy. Se recopilaron miles de fichas y datos sobre franceses resistentes y colaboracionistas, se cruzaron datos con profesiones, ejército, familias, áreas políticas y departamentos administrativos, se añadió información sobre campos de concentración, rutas de escape, y oficiales nazis. La finalidad de este fichero era compulsar la identidad y bona fide de los franceses que llegaban a Reino Unido y pretendían enrolarse en las Forces françaises libres o servir en las redes de La Résistance. Por otra parte, la información sacada de los exhaustivos interrogatorios, se transformaba en inteligencia sobre las redes de la resistencia interior. La BCRA puso nerviosos a tres grupos : el de aquellos que pretendían que la guerra o la militancia era una cuestión de honor y consideraban esta unidad como una especie de Gestapo (Emmanuel D’Astier), al MI6 y al SOE.

     Han pasado más de setenta años desde que terminó la guerra y aún no sabemos el papel real que desempeñaron estos dos organismos en el conflicto. Como tampoco sabemos nada de la interferencia de la inteligencia naval en las fricciones entre los servicios de inteligencia. Samuel Hamrick resume muy bien el problema: "En una guerra total se sacrifican operaciones militares menores para que tengan éxito tras mucho más importantes. Al informar al enemigo de ofensivas militares reales pero más pequeñas, se ponen en riesgo y a veces se pierden vidas para que triunfe una ofensiva más grande y más importante. Sea cual sea la necesidad de estos sacrificios en la guerra, en tiempo se paz serían difíciles de explicar. Para un público profano en la materia, las guerras se ganan con coraje y valor no con falsedades y engaño y no con el sacrificio de sus compatriotas. No podrían confesarse las operaciones ofensivas de engaño militar sin admitir esas pérdidas" Este es el principio operativo militar que explica miles de muertes de militantes del SOE y miembros de la resistencia a manos de la Gestapo y la Abwehr. Cuando se está hablando de una guerra que acarreó la muerte a más de setenta millones de personas, la suerte de dos o tres mil agentes (nunca sabremos la cifra exacta) es un capítulo menor. Como lo fueron los casi 800 soldados americanos muertos por fuego amigo en Slapton Sands.

      Hay una historiografía ñoña —perfectamente respetable, por otra parte— que hace hincapié en la faceta humana de los agentes ofrecidos a la Gestapo. El "toque dickensiano" que gustaba a un redactor-jefe en The Wire. Es una suerte de esteticismo que permanece cuidadosamente alejado de los calabozos, la orina, las heces, los piojos y los hígados reventados de las víctimas, que suelen caminar, en su versión, con la cabeza erguida camino del pelotón de fusilamiento y no arrastrados al tiro en la nuca o la horca. Fuera de su interés han quedado algunas cuestiones para entender qué fue el SOE, quién fraguó estas operaciones de engaño, quiénes eran elegidos como carnaza y cómo fueron reciclados muchos de sus agentes en la guerra sucia contra el comunismo o lo que se interpusiera en el camino de sus intereses. Además de los jovenes idealistas que combatieron al nazismo, el SOE y la Resistencia alistaron mafiosos, traficantes, criminales y demás morralla que luego fueron muy útiles a los aliados en la guerra fría. Dominique Venturi, Marcel Francisci, Gaston Deferre, Joe Renucci... unos gaullistas, otros socialistas, todos condecorados, todos mafiosos siguieron colaborando con Francia, Estados Unidos o Reino Unido aportando "soldados" o dinero del tráfico de opio. Fueron héroes del SOE los que ponían minas en barcos de refugiados judíos o los que colaboraron en sacar nazis del radar. Se llamaron "Special Operation Branch".

     Wybot era militar de carrera y sabía reconocer estas operaciones. Otra cosa es que aprobara que fueran sus compatriotas los corderos sacrificados. Por ello extremó la dureza en sus interrogatorios de agentes o chivatos que el MI6 o el SOE intentó infiltrar en las filas de La France Libre y La Résistance. Las intervenciones del MI6 y el SOE F Section reducían considerablemente la esperanza de vida de un militante de la Resistencia. Hubo torturas y una muerte en Duke Street, sede del BCRA. De los torturados, todos eran agentes enviados por el MI6, excepto un caso, que se probó que era un espía nazi (no sabemos si reutilizado por el SIS). El supuesto luchador antifascista Paul Manuel, que murió estrangulado, aunque los oficiales franceses intentaron hacerlo pasar por suicidio, se llamaba Rudi Walther y era un espía alemán. Los nombres de los que enviaban a estos infiltrados al BCRA son los mismos que enviaron, protegieron, financiaron y salvaron de la pena capital en Francia a uno de los peores traidores de la Segunda Guerra Mundial: Henry Dericourt, Gilbert, a saber: Nicolas Bodington, head del SOE F Section, Colonel Maurice Buckmaster, commander del SOE F Section, Lieutenant Colonel Claude Dansey, assistant chief del SIS, Archibald Boyle, Air Commodore y director de la RAF Intelligence and SOE Director of Intelligence & Security y Stewart Menzies, Director del MI6, Gubbins. Ellos fueron los responsables de la destrucción de los mayores reseaux de la Resistencia en Francia y ellos entregaron a la Gestapo a miles de militantes.

      Hay por esos mundos una serie de eminencias gallipavas cloqueando las acusaciones que un mártir de Passy y Wybot hizo contra éstos: Maurice Dufour. Bien podrían explicar qué hacía un agente del SOE y del MI6, intentando alistarse en las FFL, diciendo simultáneamente que lo había hecho a la fuerza y quiénes lo protegieron para que presentara una demanda contra DeGaulle y los enemigos principales del MI6 y del SOE, Passy y Wybot, justamente aquellos que hacían peligrar sus operaciones de "engaño ofensivo". Refugiado, 28 años, pobre como un ratón de iglesia y mandado de los servicios secretos. ¿Rebelde? ¿Valiente? Ouais, mon oeil!

     En el caso de Dericourt, la historia dio una segunda oportunidad a Wybot. Desde agosto de 1944 Wybot siguió el rastro de Gilbert. El 22 de noviembre de 1946, la investigación realizada por el comisario René Gouillaud y dirigida por Wybot, llevó a la detención de Henri Dericourt en el 58, Rue Pergolese. En Mayo de 1948 Dericourt fue liberado: los oficiales nazis que habían identificado al traidor, unos "desaparecieron" de las custodias británicas y americanas, otros, los británicos se negaron a que fueran interrogados y finalmente, Bodington apareció en la Corte de Paris como testigo de la defensa de Dericourt, confirmando su papel como agente encargado de misiones "irregulares".

    Si Wybot hubiera pedido consejo a Maigret, Dericourt no se le habría escapado por las cloacas de los servicios secretos. Maigret comprendía mejor a sus criminales. Dericourt era una rata del milieu, huyendo toda la vida de sus orígenes, pero apegado a sus peores vicios: lacayo, cínico y traidor. El "froide rigueur" en el análisis de las pruebas poco sirve para entender estas personalidades. Maigret habría leído las cursilísimas cartas que Dericourt le enviaba a Jeannot desde la cárcel. Seguramente habría conversado con ella, porque ella era un flanco débil en la coraza y bebía mucho; pero, sobre todo, habría visitado el pueblo de Coulonges-en-Tardenois y Dericourt, ante alguien que supiera que era hijo de una sirvienta y de un labriego, habría perdido pie. Maigret no le tenía miedo al ser humano. Wybot sí. Se escondía en un castillo de reglas, lógicas y principios y desde la torre pretendía analizar al enemigo. Siempre tuve la impresión que Wybot temía que lo analizaran a él, por eso necesitaba ese distanciamiento físico y emocional del interrogado.

      A veces Wybot y Maigret se cruzaban por los pasillos de Palais de Justice. Maigret algo descuidado en el vestir, Wybot alicatado como un gangster. Se saludaban con una ligera inclinación de cabeza. Maigret lo olvidaba a los dos minutos. A Wybot le quedaba un regusto amargo todo el día porque la prensa había hecho de Maigret un héroe de París y de él un Fouché. Con los años, Maigret envejeció y se dedicaba al huerto y a jugar a la belote en el bar de Meung-sur-Loire. Wybot se hizo anacrónico, cuidaba rosas de jardín y se dedicaba a la acupuntura.

(continuará)

Eliah Meyer

NOTAS

* La Vanguardia, 4 febrero 1955, p. 14;

ABC, 5 febrero,1955, p. 31;

Sunday Chronicle 6 February 1955.

* La Vanguardia, 6 febrero 1955, p. 23: "Ambos cruzaron juntos el canal a bordo del vapor Canterbury. En Calais se separaron". Sunday Chronicle, 6 February 1955: "They were seen together in the Calais steamer on the afternoon of January 25. Braun left the Paris boat train here. Weston arrived in Barcelona the next morning"

** La Vanguardia, 4 febrero 1955, p. 14, pero, según ABC, 1 febrero,1955, p. 22 y La Vanguardia, 1 febrero 1955, p. 17 había sido el dueño de la pensión.

** "Según su pasaporte, Ernest Western (sic) había llegado a Barcelona por primera vez el 4 de noviembre pasado y pocos días después regresó a Inglaterra. Volvió a Barcelona el 15 de dieciembre, en avión, y no se movió de nuestro país hasta el momento de su muerte." (La Vanguardia, 8 febrero 1955, p. 13)

*** Westen Ernest aparece en ABC, 1 febrero,1955, p. 22 y 5 febrero,1955, p. 31; La Vanguardia, 1 febrero 1955, p. 17. Samuel Westera en ABC Sevilla, 3 febrero,1955, p. 18. Wester Ernest en Vanguardia, 4 febrero 1955, p. 14. Ernest Western en La Vanguardia, 5 febrero 1955, p. 15. Ernest Davis en La Vanguardia, 10 marzo 1955, p.: 17: "El Juzgado número 10, instructor del sumario por la muerte del súbdito inglés. Ernest Weston ocurrida en Barcelona, ha recibido una comunicación del «Foreign Office», interesándose por la práctica de nuevas diligencias. Suplica el escrito que el Juzgado se ponga en relación con la policía de Scotland Yard. A tal efecto es posible que se desplacen algunos agentes de la policía británica a Barcelona. Manifiesta la comunicación recibida, que el muerto se llamaba Ernest Davis, y estaba domiciliado en Birmingham, 23, Beleber Lames." Ni esta dirección ni las palabras existen. Lo más parecido puede ser la calle "Belvidere Lane" de Birmingham, pero no es probable.

 

 

* La Vanguardia, 8 febrero 1955, p. 17

I.- Il pleut, il pleut bergère/ Rentre tes blancs moutons/  Allons sous ma chaumière/ Bergère, vite allons/ J’entends sous le feuillage/  L’eau qui tombe à grand bruit./ Voici, venir l’orage,/  Voici l’éclair qui luit. Fabre d’Églantine, 1780

(1) El episodio de contaminación y niebla más grave ocurrido en el Reino Unido en los años 50 fue el de la Great Smog o Big Smoke entre el 5 y el 9 de diciembre de 1952. Las cifra de víctimas mencionada en serie parlamentaria por el Lieut. Colonel Lipton fue de 6000 muertos y 25000 afectados. "Coal: Commons Sitting of 16 February 1953. http://hansard.millbanksystems.com/commons/1953/feb/16/nutty-slack, pero estudios posteriores elevan la cifra a 12000 víctimas mortales (Michelle L. Bell; Devra L. Davis; Tony Fletcher (January 2004). "A Retrospective Assessment of Mortality from the London Smog Episode of 1952: The Role of Influenza and Pollution". Environ Health Perspect. 112 (1):pp. 6–8). La contaminación del 16 de enero de 1955 se cree que produjo 1000 muertes, aunque no hay estudios conclusivos sobre ella.

***

On 16 January 1955, a high-level smoke layer caused a period of day darkness. This particular event occurred when extensive instrumentation was available. It is probably a reasonable model for earlier occurrences, so it is worth examining in some detail. The weather pattern was characterized by a deep depression with rather weak pressure gradients near the centre (giving light winds) and very active fronts, which gave rise to dense clouds. Here was fog and a temperature inversion in the lower layers of the atmosphere. In the morning light, winds carried the smoke from London to the north-west. The smoke was unable to disperse because the inversion prevented vertical mixing. Estimates suggest that the original smoke layer was some 175 m thick. The smoke reached the Chilterns just at the time when a cold front crossed them. It is possible that the smoke-laden air was lifted vertically in the vigorous convergence at the front. This would have stacked the smoky air in a vertical column more than a kilometre thick. Reports from aircraft suggest that the cloud layer was continuous and deep, stretching from 400–4000 m altitude. About midday, the smoke parcel began to pile up over the Chilterns. Shortly afterwards the wind reversed direction and gradually increased in strength. This carried the air, with the extremely dense pillar of smoke and cloud above it, back across London. The light intensity on a sunny January day in the capital would have been about 36 kilolux, while illumination on a heavily overcast January day would fall about 7 kilolux. On the examined day at about 13.15 hours, the light level dropped from 7 kilolux to less than 0.03 kilolux. Almost total darkness followed for six minutes. People who experienced this phenomenon said it seemed as if the world was coming to an end. (Peter Brimblecombe & László Makra, Selections from the history of environmental pollution, with special attention to air pollution. Part 2. p. 360)

***

"Operation ’Snowdrop’ The cold winter of 1955

by Philip Eden

’Operation Snowdrop’ was the name given to the military operation to deliver food and medical supplies to snowbound districts in Scotland exactly fifty years ago. The RAF operated fixed-wing aircraft out of Kinloss primarily to drop animal fodder, and the Royal Navy flew helicopters from Wick to carry supplies to villages and farms cut off by drifts over 30 feet high. The services flew nearly 300 sorties in all to provide relief to communities in Shetland, Orkney, Caithness, Sutherland, Ross and Cromarty, and Inverness-shire.

The winter of 1955 was the coldest and snowiest between the two Big Freezes of 1947 and 1963, but in many parts of the Scotland it was reckoned to be the worst of the lot. Severe weather lasted from January 4th-22nd, and returned from February 8th until March 11th. The snow in northern Scotland arrived on a gale force northerly wind, and even when the snow stopped falling the wind continued to blow it into deep drifts thwarting all attempts to clear roads, most of which remained impassable until well into March.

Level snow lay 60cm deep by February 23 over the northern half of Scotland, and was measured at 90cm deep at Drummuir Castle, southeast of Elgin. The wintry weather extended to England and Wales for long periods too, especially during the second half of February with a dramatic snowstorm in Cornwall during the closing days of the month.

During the same winter one particular meteorological event scared the living daylights out of Londoners literally. The date was January 16, 1955, and families all over the capital were sitting down to Sunday lunch. The Billy Cotton Band Show was on the wireless.

It had been a gloomy morning, but at 1.15pm light levels dropped abruptly to less than one-thousandth of that equivalent to a fine January day. In other words it had become completely dark in the middle of the day.

It must have been a very spooky experience. Newspaper switchboards were inundated, thousands of 999 calls were made, and afterwards people said they thought the world was coming to an end or they have dropped the bombö.

The cause of this extreme example of day darkness was not difficult to determine. The Clean Air Act was still a year in the future and London’s atmosphere remained heavily polluted. A gentle south-easterly airflow affected the Home Counties during the morning, carrying London’s smoke towards the Chiltern Hills where it lay trapped beneath a layer of warm air aloft. Then a strong north-westerly wind set in, sweeping the polluted air before it, rather like rolling up a carpet. By the time it crossed London again, the layer of smoke and pollution was 1000 metres deep, sufficient to cut out every last glimmer of daylight. http://www.weatheronline.co.uk/reports/philip-eden/The-cold-winter-of-1955.htm

(2) http://www.ina.fr/video/CAF90017640

La epopeya del corresponsal de ABC puede leerse en:

ABC-18.01.1955-pagina 029

ABC-18.01.1955-pagina 030

ABC-20.01.1955-pagina 028

ABC-23.01.1955-pagina 029

ABC-23.01.1955-pagina 047

ABC-29.01.1955-pagina 001

ABC-30.01.1955-pagina 047

ABC SEVILLA-23.01.1955-pagina 027

(3) Philippe Bernert: Roger Wybot et la bataille pour la DST. Presses de la Cité. Paris, 1975, p. 75

13/03/2018 11:35. Editado por Gatopardo enlace permanente. ELIAH MEYER

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